lunes, 23 de octubre de 2017 17:14
Opinión

¿Cuál es el peor sistema electoral?

Antonio Carlos Pereira Menaut
Antonio Carlos Pereira Menaut

Prof. de Derecho Constitucional, USC

Partamos, ante todo, de un punto claro, y que no es ?lo siento? la proporcionalidad, ni menos aun la gobernabilidad, sino la centralidad del votante. La primera función del sistema electoral es representar a las personas ?sin abstracción alguna: a las personas reales, a "nosotros, el pueblo", a mí?; ese norte se alcanzará o no, pero siempre será nuestro norte.


En 1977, nuestros Padres Constituyentes, aunque sin razón, temían recaer en el multipartidismo y la inestabilidad de los 1930s; recelaban de la soberanía popular y de la participación popular no mediada por los partidos, así que eligieron el sistema electoral que tenemos. Según una investigación del año 2000, de diez países ?entre ellos Ucrania y Rumania?, España era donde menos personas conocían el nombre de al menos un candidato. Lógicamente, los mejores resultados se daban con escrutinio mayoritario y distrito pequeño (Gran Bretaña, 60.5 %) y los peores, con representación proporcional, lista bloqueada y distrito grande (Rumania, 29.5 %, España, 26.4 %).


"Sensu stricto", el sistema electoral es un traductor de votos a escaños. ¿Cómo enjuiciarlo? Muy fácil: preguntando al elector quién es su diputado, y si puede contactar con él fácilmente, así como si jugó algún papel en su preselección. ¿Debe el sistema electoral producir proporcionalidad y gobernabilidad? Sólo secundariamente. Apostar por la gobernabilidad puede dañar la representatividad y la proporcionalidad. Ésta, por su parte, es una cuestión aritmética que desplaza al votante del centro de la escena, al revés que la representatividad, que es una relación interpersonal. La combinación de representación proporcional más lista bloqueada fomenta la ley de hierro de las oligarquías; la combinación de listas bloqueadas más altos cargos y salarios, da otra vuelta de tuerca. Respecto de la gobernabilidad y la estabilidad, los diseñadores de nuestro sistema electoral tenían el reloj atrasado; 1977 no era 1930. Hoy estamos sobrados de gobiernos, como la actual crisis muestra; de lo que carecemos es libertad, representatividad y control sobre tanto gobierno "de iure" y "de facto" como nos rige. Corremos riesgo de ser gobernados por incompetentes o corruptos como siempre, pero ningún riesgo de no ser gobernados, hasta en las minucias. Si vamos al caos, no será por carencia de gobiernos. Si obligamos al sistema electoral a garantizar estabilidad y gobernabilidad, dañaremos la representación, la deliberación y el control del poder.

II

Aun más. Aunque ello hiciera peligrar el "modus vivendi" de los políticos, el sistema electoral debe ser materia de ensayo y error. Ninguno es perfecto; no tiene sentido que para modificarlo haya que reformar la Constitución. Con que la Constitución ordene "un hombre, un voto" y prohíba el mandato imperativo de los partidos, es suficiente; para el resto, desde la desigualdad entre circunscripciones hasta las oligarquías intrapartidarias, basta con los artículos 14 y 23 de la Constitución.

III

Ahora bien, aun siendo el sistema electoral materia de "trial and error", podemos enunciar unos mínimos para toda democracia constitucional votante-céntrica.


Primero, que todos los ciudadanos podamos concurrir libremente a las elecciones. El artículo 44.1 de la LOREG, que niega el derecho personal a presentarnos (sólo pueden presentar listas los partidos o agrupaciones), es anticonstitucional (cfr. art. 23) e inadmisible en una democracia.


Segundo, que nadie ocupe un escaño sin haber sido elegido directamente y "nominatim" por los electores. Esto se opondría a las listas bloqueadas y a llenar vacantes haciendo correr las listas de suplentes, con lo que el votante no tiene idea exacta de quienes van a ser los diputados, excepto los candidatos-locomotora de cada lista. No hay sistema electoral perfecto, pero lo mínimo es que nuestros representantes nos representen.


Tercero, que todo diputado represente algún grupo social o territorio concreto, y no demasiado grande, pues ya decía Aristóteles que la "polis" debe ser pequeña. Así, por ejemplo: incluso optando por un sistema electoral que dé un escaño a los perdedores más votados, éstos deberían ser diputados por el distrito concreto donde recibieron esos votos. De no cuidar esto, los diputados estarán desencarnados del electorado... y encarnados en el partido, como ya sucede.


Cuarto, que los diputados sean identificables y accesibles por la gente. En la web de la Cámara de los Comunes, si uno introduce su código postal, aparece su MP ("Member of Parliament"). El Congreso español no nos puede decir "find your MP" porque... yo no tengo mi MP. Los diputados son del partido y por provincia completa.


Quinto, que el valor de los votos sea semejante en todo el país: no tiene sentido proclamar "un hombre, un voto" y tronar contra los sistemas mayoritarios, mientras constitucionalizamos la desigualdad entre el valor del voto de un soriano y el de un madrileño. En el Reino Unido, la máxima disparidad se da entre una pequeña isla escocesa de 20.000 habitantes, y Wight, con 110.000, pues ambas eligen un MP: a pesar de tener difícil arreglo, por ser ambas islas, eso es criticado allí, pues la mayoría de las "constituencies" varía sólo entre 60.000 y 80.000. Así, un sistema abiertamente mayoritario resulta más proporcional (en ese sentido) que otro oficialmente proporcional.


Sexto, que la decisión sobre el sistema electoral sea dejada al pueblo. Como en materia electoral nunca está dicha la última palabra, por no haber sistema universal y perfecto, blindar uno sólo es bueno para la clase politica. Japón substituyó en 1994 el sistema proporcional por el voto combinado, simultáneamente mayoritario y proporcional, semejante al MMP alemán ("Mixed Member Proportional", que ofrece al elector un voto a una persona y otro a un partido), también adoptado por Escocia en 1998. Nueva Zelanda, en 1992, abandonó en referéndum el FPP ("First Past the Post") inglés para pasar al MMP. En 2011, en otro referendum, se preguntaba si Nueva Zelanda debe mantener el MMP, y la respuesta fue que sí (57.7 %), y cuál preferiría en caso de cambiar, resultando preferido con mucha diferencia el inglés, preferencia bien significativa. Innecesario decir que los sistemas combinados tienen problemas, como la diferencia entre diputados personales y diputados de lista, por lo que no serían sino un second best o third best. Como dijimos, en el Reino Unidos se intentó modificar hace dos años el sistema, porque laboristas y liberales lo consideran, con razón, desproporcional e injusto, pero la gente rechazó abiertamente tal posibilidad porque el FPP tiene grandes defectos y grandes virtudes.


Como norte, los electores deberíamos retener todo el poder posible, que siempre será poco; sin excluir mecanismos como la norteamericana revocación del escaño.

Antonio-Carlos Pereira Menaut

Universidad de Santiago de Compostela

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