lunes, 23 de octubre de 2017 06:27
Opinión

FÚTBOL, POLÍTICA, REAL MADRID

Juan Pablo Sanz García
Juan Pablo Sanz García
Periodista

Futbolin


Después de la crisis económica, la crisis del sistema y todo ello creciendo en el adormecedor musgo de la crisis de valores. Crisis es la palabra, aunque otros constructos como “posverdad” o “nueva política” hoy le quiten algo de foco. Lo cierto es que el mundo siempre ha vivido en estado en crisis, al menos desde que lo puebla el ser humano. El hombre, más que racional, es un animal en estado de crisis. Y, en cierto modo, así tiene que ser, porque una persona que abandona la búsqueda o se animaliza o se marchita.


Cada crisis, igual que las enfermedades, tiene sus manifestaciones. La crisis actual de occidente se expresa en fenómenos como la llegada de Trump al poder -¡cuánto hemos de agradecer a Bartholdi que interpusiera unas togas bien largas entre la virtud de la estatua de la libertad y las conversaciones de vestuario del presidente!-, el Brexit o el crecimiento de movimientos a ambos extremos del espectro político. Los síntomas son tan groseros que resulta sencillo detectar la corrosión de los cimientos del sistema, más complicado resulta indagar las causas del colapso.


En un debate de actualidad económica celebrado recientemente en la Universitat Abat Oliba CEU, Joan Ripoll, director del Departamento de Economía y Empresa de esta universidad barcelonesa, recurrió, como esquema explicativo, al denominado “trilema político de la economía mundial”, término acuñado por el profesor de Economía Política de Harvard, Dani Rodrik en el libro “La paradoja de la globalización”. 


Según este autor, la tensión entre las premisas de Estado Nación (soberanía), Democracia (estado del bienestar y derechos sociales) e Hiperglobalización (libre comercio) delimita el margen de maniobra económica y política, con la particularidad de que, a su juicio, es imposible que los tres factores convivan a la vez, al menos en su máxima intensidad.


Conforme a este modelo, es posible, por ejemplo, encontrar un patrón común entre los seguidores de Trump, los que votaron por el Brexit o los que ponen en cuestión la vigencia del sistema representativo y la economía de mercado. Dentro del trilema, los tres hacen la misma elección: apuestan por el Estado Nación y la Democracia, en detrimento de la Globalización. Los votantes de estas corrientes no responderían por tanto a la caricatura del cafre desleído o del extremista kamikaze con la que a veces se les quiere desacreditar. Simplemente, realizan su elección dentro del trilema.


El atractivo de la teoría del trilema también reside en su viabilidad como prisma para analizar toda clase de fenómenos, y el fútbol, desde luego, no escapa a este enfoque. Mucho menos el Real Madrid, que es algo así como un zumo concentrado de todas las pasiones humanas y que, a mi juicio, hoy vive su propio trilema. El “trilema de la política deportiva del Madrid” consiste en la imposibilidad de conciliar los intereses del marketing y la tesorería del club (acrítica alineación de la BBC), el equilibrio táctico del equipo (fortaleza del mediocampo) y la gestión de los recursos humanos (aprovechamiento de una plantilla trufada de mediapuntas).


Hasta conocer a Rodrik y su trilema, podría haber pensado que la alineación sistemática de Bale, Benzema y Cristiano respondía más bien a un “trifásico”, es decir, al enchufe, a una caprichosa predilección del presidente. Sin embargo, en la lógica del trilema, las razones de Florentino Pérez no resultan tan elementales, como no lo son las de los votantes de Trump. El trilema le obligaba a elegir y lo ha hecho, al menos respecto de uno de los dos vectores de la deliberación. Cuestión distinta sería debatir si la elección es acertada.



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