El show Trump, como si de una telenovela se tratase, mantiene al mundo pendiente cada día de un nuevo capítulo que no deja a nadie indiferente. Es más, la preocupación va en aumento ante las barbaridades que suelta por su boca y cuyas decisiones cada vez preocupan más por su peligrosidad. El presidente estadounidense está a punto de cumplir 80 años, y parece que sus neuronas hace tiempo que le patinan. No es un problema de edad (hay eminencias con más años), es un problema de que la vida que ha llevado le está pasando factura.
Lo preocupante del asunto es que su poder como emperador del mundo, título que se ha otorgado él mismo, está poniendo patas arriba el globo terráqueo, con un comportamiento en el que las únicas leyes que respeta son las suyas, unipersonales. Está por encima de todo. ¿Es normal su conducta? Es patológica, y solo hay que mirar atentamente su rostro, sus gestos, amén de sus palabras. Seguro que algún especialista en la materia tiene más argumentos para calificar el tipo de patología que arrastra.
Trump es una persona vanidosa y mezquina (¿motivos psicológicos detrás de sus acciones?), pero es ingenuo pensar que las exigencias de su enorme ego serán satisfechas con solo victorias simbólicas. No disimula lo más mínimo su ambición desmesurada, emulando el disfrute que tenía Maduro, calificado como irresponsable, que consistía en: enriquecer a su familia en primer lugar; después a sus colaboradores, pocos, más leales; intimidar a sus oponentes políticos (la mayoría en prisión o exiliados); amordazar a los medios de comunicación; y llenar las calles con matones armados para tener bajo miedo a los ciudadanos que no comulgan con su dictadura.
Trump y Maduro tienen muchas cosas en común. Lo único que le ha faltado al presidente estadounidense (aunque lo intentó con el golpe de Estado al Congreso por parte de sus seguidores) es dar un pucherazo en las anteriores elecciones, que según él le habían robado los demócratas. Lo dijo con una desfachatez aplastante, teniendo en cuenta que estaba gobernando y tenía todos los resortes del poder. No obstante, por el camino que lleva, es posible que suceda en las próximas elecciones intermedias, lo que podría condicionar la segunda parte del mandato de Trump.
Trump, el emperador para unos, el matón de la clase de niño rico repelente que piensa que todo el mundo es vasallo suyo, no tuvo ningún problema en burlarse de Emmanuel Macron, que según él le dijo: “¡Me encantaría hacer lo que tú quieras, Donald, por favor!”. Declaraciones que, por supuesto, no le han gustado lo más mínimo al presidente francés, quien junto con el presidente de Alemania ha condenado duramente la política exterior estadounidense en este mandato, afirmando respectivamente que Washington estaba “rompiendo las reglas internacionales” y que, por ello, el mundo corre el riesgo de convertirse en una “guarida de ladrones”.
Como si no fuera suficiente con meterse con Macron, aprovechando el aniversario del asalto al Capitolio por parte de sus seguidores (ante su llamamiento), en una puesta en escena con seis banderas norteamericanas se mofaba con desprecio de los atletas transgénero. No hay que olvidar que Trump es un personaje machista, racista y homófobo. Lo es dentro y fuera del país. Es indignante su declaración sobre las personas pro-Maduro que se habían manifestado en Nueva York para pedir la libertad de su ya expresidente: para el “emperador blanquito”, “son los más feos que he visto en la vida”. Debe ser porque la mayoría no son “blanquitos como él”; solo hay que ver el color de los miembros de su gobierno, algún descendiente de cubanos, como Marco Rubio, pero evidentemente “blanquito”.
Trump, en una entrevista en The New York Times, declaró que su poder como comandante en jefe está limitado solo por “su propia moralidad”, dejando de lado el derecho internacional y otros controles sobre su capacidad para utilizar el poder militar para atacar, invadir o coaccionar a naciones de todo el mundo: “No necesito el derecho internacional”. Esto deja bien claro que está desatado: si quiere algo, lo va a tener.
La política, tanto nacional como internacional, es una guerra de todos contra todos. El declive de lo que hasta ahora se conocía como “el orden basado en reglas” ha saltado por el aire, gracias al pirómano Trump, cuyo objetivo nada tiene que ver con salvar la democracia, sino con amasar fortuna. La democracia y las dictaduras le importan un pepino: amasar fortuna, colocar a gente de su absoluta confianza y seguir exprimiendo a los países que considera sus vasallos. Cuidado con México, Cuba, Colombia y demás, a los que ya viene avisando desde hace unos días. Como decía Antoine de Saint-Exupéry: “Para los vanidosos, todos los hombres son admiradores”.

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