Se dice que el dinero todo lo puede. Añadiría casi todo, menos los valores que han de tener las personas: eso no se compra con dinero, pese a que más de uno lo piense. Hay personas a las que se les considera “millonarias” que no hacen ostentación de ello. Otros, en cambio, hacen publicidad de sus riquezas porque en el fondo quieren que los demás conozcan lo bien que viven. De todo hay en este país. Con su dinero y pensando (porque así lo consideran) que pueden hacer lo que quieran, hasta comprarlo todo sin ningún pudor, los hay que se dejan comprar; también sucede.
Como la caridad empieza por uno mismo, y valiéndose de la falta de escrúpulos de un buen número de ricos y poderosos de todos los ámbitos, el escándalo de los papeles de Epstein destapó en su día un escándalo de explotación sexual de mujeres, entre ellas menores de edad que eran proporcionadas por ese depravado. Un personaje tan oscuro como sus clientes, a los que les unía una amistad “monetaria”, con “transacciones” de mujeres jóvenes, especialmente menores, para satisfacer las peticiones de hombres poderosos a los que se tenía por “señores” de la política, la economía, la realeza y demás poseedores del dinero fácil y manchado de miseria humana: depredadores a los que esas mujeres les importaban lo mismo que un clínex: usar y tirar hasta la próxima vez. Más de uno de los clientes de Epstein es conocido por sus acciones filantrópicas. Los nombres que solicitaban esos “servicios” se han conocido cuando, al final, se han hecho públicos los papeles, que son unos cuantos millones de folios, bien documentados.
En la lista de la vergüenza se han conocido algunos nombres, pero aún quedan más por salir. Van desde el propio presidente Trump (que intenta decir que es mentira, pese a las fotografías y apuntes que hay), pasando por Bill Gates, Bill Clinton, Elon Musk, el príncipe Andrés (que le ha costado ser despojado de sus títulos, su salario y hasta lo han expulsado de su vivienda “real”), hasta más de un integrante de casas reales europeas, aunque no ha sorprendido, está levantando una gran polémica. Y es que, como decía el barón Pierre de Coubertin, “La honestidad es un lujo que los ricos no pueden permitirse”. Una frase muy gráfica. Es que el respeto y la dignidad no los impone el cargo ni los títulos, sino el comportamiento de quienes los ostentan y los utilizan para sus fechorías.
Jeffrey Epstein, el conseguidor de niñas y mujeres espectaculares para ricos y poderosos, a las que trataban como ganado, sentía la admiración de esos desalmados, pero curiosamente contaba con mujeres pertenecientes a la realeza; según parece, Mette-Marit de Noruega, quien le escribía al depredador: “Extraño a mi loco amigo”. Una relación de la que tendrá que dar cuenta públicamente y que deja en muy mal lugar a la monarquía noruega. También se ha conocido (figuran en los papeles) la estrecha relación de Sarah Ferguson, exduquesa y esposa del príncipe Andrés, con Epstein, al que le escribía: “El hermano que siempre deseé”. El mundo de los jeques también se ha visto salpicado por este escándalo mundial; figuran algunos nombres en los papeles. Hay una larga y cruda historia de miembros de la realeza que se han comportado —y lo siguen haciendo— con una impunidad escandalosa.
Epstein usó su acceso al dinero y a la “compra” de niñas y mujeres jóvenes para cimentar y gestar relaciones con personas de inmenso poder, estatus y riqueza, así lo demuestran miles de textos, correos, fotos y vídeos que se han conocido.
Bill Gates, cuya imagen ha cuidado a lo largo de su carrera profesional y personal, ha caído de ese pedestal en el que él mismo se había subido. Su divorcio de su mujer dejó por tierra esa imagen idílica de pareja solidaria. Ahora se conoce que fue Melinda la que tomó la decisión. Según declaraciones de hace tan solo unos días, reconocía que la relación de su exmarido, Gates, con Epstein fue uno de los factores determinantes que la llevaron a poner fin a su matrimonio.
La atención está puesta en cómo terminará el caso, es decir, si esos hombres sin escrúpulos, entre los que se encuentra Trump, presidente de los Estados Unidos de América, se sentarán en la silla de los acusados o todo quedará en una anécdota. Quiero pensar que algo va a removerse, por muy poderosos e intocables que se crean. El depredador sexual se ha quitado de en medio —dicen que se suicidó—. El resto, la sociedad, pero también la justicia, han de juzgarlos. Decía Oscar Wilde que “Hoy en día la gente sabe el precio de todo y el valor de nada”.

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