miércoles, 13 de mayo de 2026 13:07
Opinión

La máscara se rompe: el "fair play" del Real Madrid se queda en el vestuario

Carmen P. Flores
Carmen P. Flores
Directora de Pressdigital

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Hay momentos en que la institución se desdibuja y aparece el hombre. Y cuando ese hombre es Florentino Pérez, presidente del Real Madrid, la diferencia entre el discurso y la práctica se vuelve un abismo. La rueda de prensa de ayer no fue solo una pérdida de compostura: fue la radiografía de una gestión que predica excelencia institucional mientras practica la descalificación personal.

«En ABC escribe una mujer que no sé si sabe de fútbol». Esa frase, pronunciada con naturalidad por Pérez, no es una opinión deportiva. Es un gesto que trasciende lo anecdótico para instalarse en lo estructural. No cuestiona un argumento: cuestiona la legitimidad de una mujer para ejercer el periodismo deportivo. Y minutos después, al ceder la palabra a otra profesional, lo hizo con un «A ver, esa niña, joder, que tiene derecho a hablar». Florentino no ha dejado títere con cabeza en el ecosistema mediático y deportivo. Está desatado. Y, mirando atrás, con lo que fue —un caballero, un hombre tranquilo, amable y conciliador—, la escena incluso generaba cierta pena. ¿Qué ha quedado de aquello? ¿Dónde queda el «gran empresario» que presume de modernidad? ¿Dónde el líder que dice representar a una entidad global con millones de aficionadas?

Cuando el presidente del club más laureado del mundo utiliza diminutivos y pone en duda la competencia profesional por razón de género, no está defendiendo al Madrid: está reproduciendo los estereotipos más rancios de un fútbol que creíamos superado. No es un desliz. Es una elección. Y como tal, debe ser juzgada.

Pérez dedicó gran parte de su intervención a atacar al FC Barcelona por el caso Negreira, calificándolo como «el mayor caso de corrupción en la historia del fútbol» y anunciando el envío de un dossier a la UEFA. Hasta ahí, legítimo. Pero, ¿no recuerda que el mundo del fútbol y sus aficionados llevan décadas repitiendo que el Madrid siempre contó con árbitros a su favor? ¿Se olvida de la histórica acusación de «así, así gana el Madrid»? ¿De las remontadas en el último minuto o de los penaltis «fortuitos» que tantas veces lo sacaron del empate? El doble rasero salta a la vista.

El tono del presidente del Real Madrid reveló otra cosa: no era una denuncia institucional, era un ataque personal. Acusaciones sin matices, descalificaciones globales y una narrativa que confunde la rivalidad deportiva con la guerra sucia. El fair play del que tanto se enorgullece el Madrid —ese que se exhibe en campañas de marketing y en discursos de gala— brilla por su ausencia cuando conviene. Preguntemos: ¿Es ético utilizar una investigación judicial en curso como munición mediática? ¿Es coherente exigir transparencia mientras se lanzan insinuaciones sin aportar pruebas ante la opinión pública? El Real Madrid, como institución, merece más que esto. Y sus aficionados también.

«Me tendrán que echar a tiros», sentenció Pérez. Una frase rotunda que, más que firmeza, transmite atrincheramiento. El presidente acusó a ciertos medios de orquestar «una campaña organizada» contra el club y anunció su baja del ABC, el periódico que leía su padre. Pero la ruptura con la prensa no es un acto de valentía; es un síntoma de fragilidad.

Entendamos algo: criticar al gobierno de un club no es traicionarlo. Cuestionar decisiones deportivas no es ser «antimadridista». La prensa cumple una función esencial en una democracia: fiscalizar el poder. Incluso —y sobre todo— cuando ese poder se llama Real Madrid. Cuando un líder interpreta toda crítica como agresión, deja de gobernar para empezar a sobrevivir. Y la supervivencia, en política institucional, rara vez es compatible con la grandeza.
Florentino Pérez ha construido un imperio: 66 títulos, un Bernabéu renovado, ingresos récord. Nadie discute su capacidad ejecutiva. Pero el liderazgo no se mide solo en trofeos, sino en coherencia. Y aquí surge la pregunta incómoda: ¿dónde está el fair play cuando se descalifica a una periodista por ser mujer?

¿Dónde está la ética empresarial cuando se utiliza una investigación judicial como herramienta de presión mediática? ¿Dónde está la grandeza institucional cuando la respuesta a la crítica es el ataque personal?

El Real Madrid no es un club cualquiera. Es un símbolo. Y los símbolos exigen conducta ejemplar, no solo resultados. Santiago Bernabéu, con todos sus claroscuros, entendió que la legitimidad se gana con hechos, no con descalificaciones. Decía: «La camiseta del Real Madrid es blanca. Se puede manchar de barro, sudor y hasta sangre, pero jamás de vergüenza». Hoy, esa camiseta parece haberse manchado de otra cosa: de soberbia, de doble rasero, de una confrontación que no eleva al club, sino que lo empequeñece. Nadie pide perfección.

El fútbol es pasión, error y controversia. Pero cuando quien representa a la institución más prestigiosa del mundo opta por la descalificación en lugar del argumento, por el ataque personal en lugar de la réplica institucional, está traicionando el espíritu que dice defender. Florentino Pérez tiene derecho a enfadarse. Tiene derecho a defender su gestión. Pero no tiene derecho a hacerlo vulnerando los valores que el Real Madrid dice encarnar: respeto, excelencia, deportividad.

El «gran empresario» que admiramos no puede convertirse en el portavoz de la confrontación estéril. Y el Real Madrid, por su historia, por su afición y por su futuro, merece un liderazgo que no solo gane títulos, sino que también gane respeto. Porque, al final, los trofeos se oxidan. Los gestos, no.

 

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