lunes, 27 de mayo de 2019 11:04
Opinión

​ LA FRATERNIDAD COMO DELICIA

Miquel Escudero
Miquel Escudero

Acabo de leer Jardines en tiempos de guerra (Elba), una delicada y hermosa pieza literaria. Su autor es el poeta y jardinero Teodor Cerić, nacido en Sarajevo, ciudad que dejó veinticinco años atrás huyendo de la guerra cuando tenía veinte de edad. En estas sentidas y breves páginas se concentra gratitud hacia los jardines, vistos como testimonios de fe en el porvenir, al permitirnos acceder a lugares en el que sentirnos en casa: “Un espacio al que no hubieran llegado las guerras”, en el que construir y cuidar, nunca destrozar.


Teodor Cerić poetiza con jardines y puede ver que “un lugar expuesto a los cuatro vientos ocultaba un secreto, como un poema que no se acaba de entender pero que al leerlo uno siente que nos está cambiando la vida”. O rememora, “como hace cualquier jardinero cuando está lejos de su jardín”, un trabajo mental en el jardín; lo cual requiere imaginación, darse tiempo y saber esperar.


El autor bosnio se entretiene en diversos jardines, como el de Godot, el de Prospect Cottage (cuya misión se diría que fue desafiar a la muerte), o el de Monte Caprino (sereno y pacífico; “los arriates con sus flores rebosantes de salud”). La vida y el sueño, juntos, siempre una alegre melancolía: “El olor a tomillo y lavanda llenaba el aire. La hierba seca ondeaba en la brisa. 


Alrededor de la pradera, los olivos, los cipreses y los robles formaban un círculo casi perfecto”.

Cerić dice sentir cierta preferencia por los jardines pequeños, de los que apenas se habla, con los que no se cuenta y que “quedan a resguardo por el olvido o la negligencia de los hombres”. 


Trabajando como jardinero público anota unas observaciones plenas de realismo, alguien que es a la vez espectador y actor y que siente el pulso de la vida que invade una reserva de emociones:

“Pronto el jardín sería invadido por los turistas, los desocupados, los colegiales en visita pedagógica, los actores jóvenes que iban a las Tullerías para recitar juntos sus textos y luego, hacia mediodía, los oficinistas que se instalaban en los bancos con sus bocadillos, entre las palomas. Ninguno de ellos lanzaría una mirada, ni siquiera distraída, hacia nosotros, los jardineros inclinados sobre los arriates que sencillamente formábamos parte del paisaje, como suele decirse. En cambio, nosotros éramos todo ojos”. 

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