viernes, 3 de abril de 2020 20:12
Opinión

XENOFOBIA ASIÁTICA

Miquel Escudero
Miquel Escudero

‘Un río en la oscuridad’ (Ed. Capitán Swing) se refiere al río Yalu (800 kilómetros de longitud) que separa China de Corea. Para leer este relato testimonial de Masaji Ishikawa es preciso fijar su contexto histórico. El Japón ocupó Corea entre 1910 y 1945, al acabar la II Guerra Mundial y por decisión de la URSS y los EE UU, el país se dividió en dos Estados. No tardaría en estallar la guerra entre ellos: duró tres años y acabó en 1953. Cinco años después comenzó “una campaña masiva de repatriación” de coreanos residentes en el Japón hacia Corea del Norte. Llegarían a irse unos cien mil, en sucesivas remesas.


Pues bien, el autor de este relato llegó en 1960 a Corea del Norte, iba con su familia y tenía sólo 13 años; el padre, pendenciero y maltratador, era coreano y la madre, japonesa. Ishikawa señala que los coreanos estaban en el último peldaño del escalafón social, y recuerda a su abuela japonesa decir que los coreanos estaban “podridos hasta la médula” y reivindicarle su común condición japonesa. La Liga de Coreanos residentes les invitaba a disfrutar del trabajo y del estudio en Corea del Norte, un ‘paraíso en la Tierra’. Enseguida se impondría la evidencia del engaño.


Un río en la oscuridad


Escapaban de la pobreza, pero “daba igual cuánto trabajásemos, porque no podíamos ganar lo suficiente para mantener a nuestra familia” y “comíamos mucho menos que en el Japón”. Dirá con ironía: “la esclavitud se llama emancipación”. Los retornados, como él, eran insultados de ‘bastardo japonés’ y tratados como ‘inferiores a un ser humano’. El autor narra una cadena interminable de calamidades de todo tipo, así la única meta era sobrevivir a aquella pesadilla. Una vida que sólo consistía en dolor, “en un estado constante de miedo, terror e impotencia”. Entre los diez mandamientos de la gran secta: el considerar absoluta la autoridad del Gran Líder y Camarada Kim Il-sung y tener su ideología revolucionaria como única fe.


Hace unos 25 años, desesperado e incapaz de seguir adelante, Ishikawa decidió escapar al Japón y lo logró con decididas y compasivas ayudas, dejando mujer e hijos a los que prometió volver. Sus sueños volverían a hacerse añicos. Desarraigado, marcado y en un limbo entre dos mundos, este pobre hombre confesará: “no sólo había perdido mi país también había perdido mi lugar de nacimiento. Y aquí sigo, en un sitio al que no pertenezco”. Una historia desoladora e incompleta.

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