miércoles, 16 de junio de 2021 04:10
Opinión

¿EUROPA SIN REINO UNIDO?

Luis Moreno
Luis Moreno

Profesor de investigación del CSIC en el Instituto de Políticas y Bienes Públicos

Está empeñado David Cameron en dar una salida garbosa a su compromiso de consultar a los británicos sobre la permanencia del Reino Unido en la Unión Europea. El Premier conservador ya ha hecho saber a las instituciones europeas sus demandas para hacer campaña a favor en el referéndum a celebrar antes de finales de 2017. Le han contestado representantes de la UE con respuestas ambivalentes y posibilistas, como casi todo lo que afecta a las enrevesadas cuestiones que se confrontan políticamente en el Viejo Continente. En Bruselas se quiere llegar a un acomodo pero el temor apunta a mantener la excepcionalidad británica ‘sine die’, lo que puede convertirse en un ejemplo contraproducente a seguir por otros estados miembros respecto al proceso europeo. Algunos de los gobiernos nacionales europeos se muestran tibios y la mayoría son renuentes a perder el poder político en sus países. Casi todos quieren limitar la capacidad de actuación de las instituciones comunes europeas, precisamente cuando más se necesitan a la vista de situaciones de emergencia que a todos conciernen, como la que ahora vivimos con los refugiados políticos y los exiliados de las zonas de guerra en Oriente Medio. Son los presentes momentos importantes para avanzar o retroceder en el proyecto común europeo. Tiempos de incertidumbre.


¿Qué pasaría si se consumase el conocido como Brexit, o salida británica de la UE? Los datos indican una gran volatilidad en las preferencias ciudadanas. A lo largo de los últimos años la serie temporal de las encuestas muestra una mayoría que se inclina por el ‘in’, pero ha habido también momentos en que han sido mayoría los partidarios del ‘out’. En una sondeo realizada hace dos meses, y una vez una ajustada la redacción de la pregunta de acuerdo a lo aprobado por la Cámara de los Comunes, un 43 por ciento de los encuestados se mostraba a favor de quedarse en la UE, un 40 por ciento prefería abandonarla, y un 17 por ciento estaba indeciso o, simplemente, no explicitaba su opinión. Así ha sucedido, hasta el momento de redactar estas líneas, con importantes figuras políticas, tales como Jeremy Corbyn, flamante líder del Partido Laborista, o Boris Johnson alcalde de Londres, y a quien algunos apuntan como futuro candidato Tory a primer ministro. Ambos, como tantos otros de sus compatriotas, aguardan a ver cómo se desarrollarán las negociaciones --y clarificaciones-- de las demandas realizadas por Cameron.


Entre estas últimas, destacan peticiones características del secular pragmatismo británico. Se quiere controlar de la UE todo aquello que les concierne directamente, como es la petición relativa a que las decisiones económicas de la Eurozona no afecten al liderazgo financiero de la City londinense y, de consecuencia, a su moneda: la libra esterlina. Para los socios del Euro sería muy incómodo tener al Reino Unido marcando el territorio de lo que le interesa --o no-- a su economía, cuando no es partícipe directo de la política economía y monetaria común en el Viejo Continente. Otra de las demandas de Cameron presentadas a Donald Tusk, presidente del Consejo Europeo, es la de permitir a los parlamentos de los estados miembros la posibilidad de vetar leyes europeas. La petición es cuando menos sorprendente, más si se insiste en otro requerimiento británico --más de carácter simbólico, pero muy esclarecedor en cuanto a su formulación-- cual es que se suprima el compromiso de los ahora 28 países de la Unión Europea a una mayor integración. Fue ciertamente ésa la intención de los padres de la precursora Comunidad Económica Europea, Jean Monnet o Robert Schuman, y recogida en el propio preámbulo del constitutivo Tratado de Roma de 1957, de aspirar a “una unión sin cesar más estrecha entre los países europeos”.


La demanda de enfatizar la competitividad es reiterativa porque ya está recogida entre las prioridades de los programas de la UE, tales como la Agenda de Lisboa o la estrategia Europa 2020. Es, de otro lado, significativo el interés del Premier británico para que la UE auspicie la desregulación. Tal enfoque refleja una visión neoliberal característica del paradigma socioeconómico Anglo-Norteamericano, el cual compite globalmente con el Modelo Social Europeo y la supervivencia de nuestros Estados del Bienestar. En este apartado se inscribe la prevención de Cameron por el control de la inmigración, el cual solicita que sea de única y exclusiva competencia estatal, incluido la provisión o denegación de derechos sociales para aquellos residentes que no fuesen británicos. Nada se alude al hecho de que, sin inmigración, nuestros sistemas sociales serán insostenibles y la civilización europea declinará irremisiblemente.


Fue un gobierno conservador, con Edward Heath al frente, el que propició en 1973 la entrada del Reino Unido en la CEE. El subsiguiente referéndum de 1975, así lo ratificó. Ahora parece que los euroescépticos han ganado protagonismo dentro del partido Tory. Serán ellos los que persistirán en identificar algún asunto que pudiera ser interpretado mediáticamente como una subordinación británica, a fin de recabar votos negativos a la UE. Tal eventualidad sería una desgracia para el proyecto europeo. Pero es hasta probable. Sucede que el pasado imperial británico está muy cercano en el tiempo y no se requieren análisis sofisticados para certificar los ‘aires de grandeza’ todavía prevalentes en buena parte de los sectores sociales del Reino Unido, especialmente en aquellos más populares. Una conversación al respecto con turistas británicos en alguna de nuestras playas reflejaría esa extendida creencia de que el United Kingdom es todavía un ‘superpower’ en paridad con Rusia o China, pongamos por caso. Para una mentalidad tal, la UE en su conjunto es un ‘partner’ con el que se puede negociar y exigir, de igual a igual, todo aquello que compete a los intereses estatales y particulares británicos. Algunos pensarán que con semejante perspectiva, el futuro político de nuestro continente no es más que una entelequia en la que predominan las visiones individuales de los estados miembros y, a lo sumo, el intergubernamentalismo. Quizá, y ahora que parece haberse puesto de moda el reclamar referéndums a todos los niveles de la vida política, ¿qué sucedería si se promocionase la organización de una consulta popular para saber si queremos consolidar una Europa unida en su diversidad? Piénsenlo.


Luis Moreno

Profesor de Investigación del Instituto de Políticas y Bienes Públicos (CSIC) y autor de ‘Europa sin Estados’

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