lunes, 6 de diciembre de 2021 22:10
Opinión

SADA

Manuel Fernando González Iglesias
Manuel Fernando González Iglesias

A Coruña, 1952


Las lluvias, como hacen casi siempre, entran por el Noroeste, atraviesan la cornisa cantábrica y luego o se vienen encima de Aragón y Catalunya o suben hacia Francia y la Escocia que un día fue celta, mojándolos generosamente. Lo peor se lo llevan en invierno los galegos de lluvia y calma que decía Miguel Hernández y ésta vez, desmesuradamente los sadenses, a los que cientos de litros que cayeron sobre la comarca les inundaron las calles y les destrozaron sus enseres más queridos. Por una vez, el agua se hizo dueña de todo y originó una verdadera catástrofe que espero que las autoridades indemnicen pronto y justamente.


A mí Sada me trae recuerdos entrañables de juventud, tiempo vital en el que me escapaba del campamento militar de Parga, donde me moría de frío, que solo sabía corregir con las "costilletas" que de vez en cuando pillaba en las cantinas próximas o largándome con otros amigos, reclutas como yo, en un seiscientos que nos llevaba por la noche hasta Sada, donde dormían apaciblemente hasta que llegábamos nosotros, unas decenas de profesoras de gimnasia que pernoctaban en una residencia escuela que allí había y por las que estábamos seriamente interesados. Nuestra desproporcionada algarabía acababa en A Coruña, armando también algún que otro estropicio en los bares de los Cantones.


Luego, ya de periodista adulto, siempre he aprovechado el viaje turístico para enseñarle a mis invitados estacionales dónde Franco tuvo su "chalet gratis total" en el Pazo de Meirás, para acabar inevitablemente tomando un café con charla incluida en La Terraza, donde las horas se convertían en minutos, y la playa y el mar que tenía delante de mis ojos me transportaban al paraíso perdido un día más por Adán que por Eva.


Para mis lectores españoles que no saben de lo que les hablo, La Terraza es un Kiosco-restaurante, art-noveau auténtico, inicialmente construido en los jardines de Méndez Núñez de A Coruña, por el arquitecto Antonio López Hernández en 1912, que tras sufrir una serie de reformas y añadidos, acabó siendo traslado al Paseo Marítimo de Sada, donde hoy se conserva y cuya foto como homenaje al pueblo que tanto admiro y quiero les detallo al inicio del articulo.


Todos los diarios digitales que forman nuestro Grupo publicarán solidariamente este pequeño artículo, en el que notarán Vds. mucho, que carezco del talento para expresarle a los sadenses mi más sincera solidaridad por el desastre natural que acaban de sufrir. Como los sentimientos no necesitan muchas palabras, ellos seguro que me entenderán.

Mientras tanto, me quedo con un solo pensamiento: Volveré a Sada y mientras no puedo hacerlo les envío a todas y todos un fraternal abrazo.

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