jueves, 1 de octubre de 2020 15:03
Opinión

¿NIEBLAS FALANGISTAS?

Miquel Escudero
Miquel Escudero


Cirlot


El mundo no está hecho sólo de buenos y malos. Todo es mucho más complejo. Esto lo deberían aprender los españoles para superar de una vez el trauma de la Guerra Civil. Cuando alguien quiere reivindicar a intelectuales que fueron falangistas, va con pies de plomo y omite esa circunstancia política, para no verse estigmatizado. Citaré el caso del novelista vasco Juan Antonio Zunzunegui, autor de La vida como es (1954) y de El mundo sigue (1960), adaptada al cine por Fernando Fernán Gómez tres años después y con insólitos problemas de censura. O el del barcelonés Juan Eduardo Cirlot, autor de un imprescindible Diccionario de símbolos (1954), de quien el pintor Modest Cuixart decía que ser ‘falangista ortodoxo’ no le había impedido entrar en el surrealismo y el postsurrealismo y analizarlos a fondo, “porque era una mente privilegiada”. En 1950, escribió una novela que ha permanecido inédita hasta hoy, Nebiros (Siruela), año del centenario de su nacimiento. La censura tachó una de cada diez de sus páginas.


Leerla permite romper moldes y entender lo complejo que es todo. Cirlot sentía el deber de simbolizar su interioridad y bucear en el síntoma de una inmensa enfermedad humana, la crueldad general de la existencia. En un clima social de decepción y de amargura, el protagonista se distrae con viejas revistas de cine, de quince años atrás, de antes del 36. Refiere “la euforia que conoció cuando se daba a la lectura desinteresada y mantenía la loca esperanza de llegar a saber algo, por sí mismo, del mundo, de su alma y de las cosas. Pensaba, si la persona es la verdad, ¿cómo puede estar en los números?”. ¿Pero quién era él para atreverse a pensar por su cuenta, a dictaminar qué era bueno, qué era malo, qué verdadero y qué falso? El mundo, visto como un producto combinado de falsificación colectiva. La sensación de que le era imposible ver la realidad, que lo que veía era una proyección de sí mismo. “Realidad o sombra, le era necesaria la gente, aun como fondo para su monólogo”.


Hay alusiones al fenómeno de la alimentación, tanto personal como social: “¿Era posible que, al lado de tanta comida que no compraba nadie, hubiese mendigos en espera de un mendrugo de pan?”. El protagonista se pregunta por sus ‘semejantes’: “Otra vez la difícil palabra, desprovista de toda significación”. 


Un mundo confuso.

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