domingo, 9 de mayo de 2021 18:57
Editorial

NACIONES SIN ESTADO

Manuel Fernando González Iglesias
Manuel Fernando González Iglesias

A Coruña, 1952

Galleguistas

Recibimiento de galleguistas en Barcelona


Lo digo con mi corazón de gallego y galleguista de toda una vida. Los progres de izquierda y los independentistas actuales tienen la mala costumbre de identificar como naciones sin Estado tan sólo a Euskadi y Catalunya. Y cada vez que lo hacen, por ejemplo el militante Sánchez, en su comparecencia pactada con el colega Évole, la meten hasta la entrepierna. Si se fijaran en sus abuelos, posiblemente descubrirían una palabra llamada Galeusca, que tanto le gustaba pronunciar al también gallego Castelao, que funcionó fraternalmente durante la Segunda República hermanando políticamente a Galicia, Catalunya y Euskadi, incluso durante el largo exilio de nuestra post-guerra civil. Nada, ni les importa, no quieren saber nada de estas cosas, y la boca sólo se les llena de una jerga insultante con la que piensan llenar los bolsillos de votos que les permitan alcanzar el poder, pero con mayúsculas.


Y digo yo, ¿es la España actual igual o parecida a la que dio el pistoletazo de salida a las llamadas naciones sin estado? Pues, a mí, me parece que no. Hoy nadie se atrevería, salvo los arriba citados, a menospreciar el hecho nacional andaluz, por ejemplo. Y, aunque su concepto de nación no le impida querer vivir en la España que tanto desprecian algunos políticos catalanes o vascos, su amor y peculiar sociograma es tan válido como aquellos que se consideran propietarios exclusivos del hecho diferencial y presumen de ello. Lo mismo sucede con asturianos o canarios y, si me permiten la licencia, con extremeños, valencianos o cántabros, etc.


Así pues, diseñar una España Federal, teniendo solo en cuenta las peculiaridades de vascos y catalanes es una barbaridad histórica y, sobre todo, sociológica, que invita a dar manga ancha al sectarismo excluyente o a los privilegios de las castas familiares como sucede ya en Catalunya. Y como quiera que el espíritu centralista y centralizador, gracias a tanto listo, ha renacido, bueno será que cuanto antes nos sentemos a hablar en serio de España mucho mejor. Pero no de la España de los intereses tribales, sino de la España real, tan rica en matices y lenguas y tan necesitada de sentido común y políticos de Estado.


Si no lo hacemos pronto y no de la manera, tan oportunista como barriobajera que propugnaba en la tele el militante Sánchez, nos vamos a enganchar de tal manera que, una vez más, habrá trifulca con ganadores y perdedores, que degenerará en una grave pelea que, además de ser innecesaria, dejará marcado para varias generaciones a éste o a cualquier país que haga lo mismo, por muy civilizado que el susodicho sea. Y, como todos bien sabemos, el nuestro, por desgracia, ya debería haber escarmentado.

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