martes, 11 de agosto de 2020 12:30
Opinión

LABARDE: JUDÍOS, NAZIS Y MONJAS

Miquel Escudero
Miquel Escudero

Moriz


Este último año se ha recuperado un escrito inédito que refleja la presencia del azar, el destino y el carácter en la vida humana. Un superviviente (Siruela) cuenta las peripecias terribles que Moriz Scheyer, su autor, sufrió entre 1938 y 1945. 


Se trata de un escritor y editor literario que nació en el Imperio Austro Húngaro y que, como tantos seres, se quedó de un día para otro sin patria. Falleció hace casi 70 años y redactó este texto de salvación en el convento de Labarde, donde estuvo escondido junto a su mujer. En 1943, escribía sobre lo mucho que se necesitaban libros que no fuesen mera ‘literatura’, que proviniesen de un corazón sensible y no de un intelecto calculador. 


Este amigo de Stefan Zweig recomendaba Le Moulin du Frau de Eugène Le Roy: “si tenéis hijos dádselo a leer. Tal vez en el transcurso de sus vidas les facilitará la ardua tarea de ser una persona decente; también impedirá que la indiferencia y la apatía marchiten sus corazones”.


Superviviente


Moriz Scheyer se desahogaba de las atrocidades perpetradas contra los judíos desde el día de la invasión de Austria hasta el 15 de agosto de 1938, cuando pudo abandonar el que fuera su país. Refería el terror psicológico del ‘espíritu torturador’ de los nazis; él siempre hablaba de ‘los alemanes’. 


Nadie imaginaba que una transformación de tal calado tuviera lugar tan rápido, pero se produjo un brutal saqueo de la condición humana ante la indiferencia y la mezquindad de muchos. Este libro esboza una crónica interior que pretende “vislumbrar la devastación y los estragos causados a las almas” en aquellos años. La amarga escuela de humillación por la que tuvo que pasar, le condujo a la humildad y a la gratitud. 


Buen conocedor y admirador de la cultura francesa, pudo instalarse a gusto en Francia. Su tranquilidad relativa desapareció con la ocupación del país galo. Una red de personas bondadosas lo condujo, a él y a su mujer, a un convento de 15 monjas que los protegieron sin preocuparse de ellas mismas y sin pedir nada a cambio. 


“Su intelecto está bien arraigado en la tierra” aunque su corazón esté en el cielo, escribe. “La hermana de l’Annonciation, que habla tan poco, nos dijo una vez que rezaba mucho por nosotros. Uno no tiene que ser creyente para sentir que las oraciones de esa cristiana encuentran el camino hacia Dios”. De todo martirio hay que recoger testimonio. Con limpieza y sin prejuicios. 

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