jueves, 14 de mayo de 2026 17:17
Opinión

Transparencia institucional: ¿realidad o maquillaje?

Carmen P. Flores
Carmen P. Flores
Directora de Pressdigital

Directora de PressDigital

En la última década, la transparencia se ha convertido en un eslogan casi obligatorio en la comunicación pública. Portales de datos abiertos, leyes de acceso a la información, declaraciones patrimoniales, contratos publicados en línea y sesiones grabadas parecen el testimonio de una era más abierta. Pero, ¿realmente las instituciones aplican la transparencia o simplemente la escenifican? La respuesta, incómoda pero necesaria, es que avanzamos en cantidad, no necesariamente en calidad.

Hoy cualquier ciudadano con conexión a internet puede descargar un archivo con el gasto público de un ministerio, el pliego de una licitación o el organigrama de una entidad. El problema ya no es la ausencia de información, sino su inteligibilidad. La transparencia burocrática ha mutado en un ejercicio de cumplimiento normativo: se publican datos, pero no se contextualizan; se abren portales, pero se dificulta el análisis. La opacidad contemporánea ya no reside en el secreto, sino en la complejidad organizada. Cuando la información es técnica, fragmentada o requiere conocimientos especializados para ser interpretada, el acceso formal se vuelve un espejismo.

Y, sin embargo, lo más preocupante no es lo que se publica mal, sino lo que se oculta activamente bajo el manto de la normalidad administrativa. Cada vez es más frecuente que, al ejercer el derecho de acceso, el ciudadano se tope con una barrera invisible pero efectiva. No suele ser un “no” rotundo, sino algo más sutil y, por eso, más peligroso: el silencio. La ley establece plazos, pero en la práctica, la falta de respuesta se ha convertido en un mecanismo de desgaste.

A este silencio se suman respuestas genéricas que eluden la pregunta, derivaciones interminables entre departamentos, exigencias burocráticas desproporcionadas o la invocación abusiva de excepciones legales para justificar la negativa. La información existe, a veces está digitalizada, pero no es indexable, no es buscable o requiere navegar por un laberinto de canales no anunciados. La opacidad ya no es un muro; es un circuito de obstáculos diseñados para agotar al solicitante antes que al sistema.

Frente a este escenario, la transparencia selectiva florece como si fuera una virtud: se publican indicadores de éxito, metas alcanzadas y ahorros reportados, mientras lo incómodo, lo fallido o lo pendiente queda en un cajón de sastre o se responde con la frialdad del reglamento. Pero la transparencia parcial no es transparencia; es marketing institucional con sello de legalidad. Y cuando se confunde publicar con rendir cuentas, el ciclo democrático se trunca en su nodo más crítico: la capacidad de cuestionar, corregir y sancionar.

Ante este panorama, esperar que la administración abra las puertas por convicción ética es un ejercicio de ingenuidad política. El derecho a saber no se cumple con portales supuestamente impecables (que en la práctica resultan a menudo inaccesibles), sino con ciudadanos que lo exigen con método y persistencia. Reclamar el cumplimiento de la ley de transparencia no es un trámite menor; es un acto de defensa democrática. Quien ejerce este derecho sabe que debe hacerlo con precisión: solicitudes claras, concretas y por los canales oficiales, documentando cada paso, cada acuse y cada silencio. Sabe que el silencio administrativo no es una respuesta, sino una denegación tácita que debe impugnarse. Sabe que existen órganos de garantía con capacidad para exigir el cumplimiento y, si es necesario, llevar la controversia a los tribunales. Y sabe, sobre todo, que no está solo: el periodismo de investigación, las asociaciones civiles y la auditoría social son aliados naturales en esta lucha.

La transparencia se fortalece cuando se colectiviza, cuando se pasa de la solicitud individual a la presión ciudadana organizada, y cuando se exige que las instituciones no solo respondan a lo que se pregunta, sino que publiquen proactivamente lo que la democracia necesita saber.

Ampliar la transparencia exige más que actualizar leyes o migrar servidores. Requiere voluntad política para asumir la rendición de cuentas como norma estructural, no como gesto coyuntural. Requiere alfabetización digital y cívica para que la información se traduzca en participación real. Y, sobre todo, requiere instituciones que entiendan que la luz no quema, sino que limpia. La democracia no se fortalece con vitrinas bien iluminadas, sino con procesos auditables, decisiones explicadas y errores asumidos.

Mientras sigamos confundiendo visibilidad con responsabilidad, celebraremos avances formales aunque la gobernanza sustantiva siga esperando. La transparencia no se decreta: se ejerce. Y hasta que no la reclamemos como un derecho vivo, con consecuencias reales para quien la ignore o la obstruya, no será más que un foco bien dirigido que ilumina solo lo que conviene. El ciudadano no es un espectador pasivo de la administración; es su contrapeso necesario. Cada solicitud formulada, cada silencio impugnado, cada reclamación sostenida, es un ladrillo en la construcción de una democracia más robusta. La opacidad prospera en la resignación. La transparencia, en la exigencia constante.

 

COMENTAR

Sin comentarios

Escribe tu comentario




He leído y acepto la política de privacidad

No está permitido verter comentarios contrarios a la ley o injuriantes. Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios que consideremos fuera de tema.

Más opinión
Opinadores
Pressdigital
redaccion@pressdigital.es
Powered by Bigpress
RESERVADOS TODOS LOS DERECHOS. EDITADO POR ORNA COMUNICACIÓN SL - Publicidad
Aviso-legal - Política de Cookies - Política de Privacidad - Configuración de cookies - Consejo editorial
CLABE