sábado, 23 de mayo de 2026 10:51
Opinión

Cuando la Casa Blanca es un negocio familiar: el desafío existencial de los demócratas en 2026

Carmen P. Flores
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Directora de Pressdigital

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A mediados de 2026, la pregunta sobre si los demócratas pueden dar un vuelco a la política estadounidense ha dejado de ser un ejercicio de prospección electoral para convertirse en un interrogante sobre la viabilidad misma de la democracia norteamericana. Ya no se trata solo de si un partido puede ganar unas elecciones, sino de si puede competir en un terreno que ha sido deliberadamente inclinado por un proyecto político que confunde el poder ejecutivo con la prerrogativa personal.

 

Trump llegó a la Casa Blanca en 2025 con la promesa de poner fin a las guerras extranjeras y devolver a Estados Unidos a sí mismo, pero la realidad de su mandato ha sido un espejo roto: operaciones militares en Irán, despliegues coercitivos en el Caribe y una doctrina de fuerza que sustituye la diplomacia por la amenaza. Como advirtió el historiador Timothy Snyder, «el autoritarismo no llega con un golpe de Estado, sino con la normalización de lo inadmisible». Y lo inadmisible, en este caso, ha sido convertir la política exterior en un instrumento de presión unilateral mientras se vendía paz en la campaña.

 

Esta contradicción entre el discurso y la práctica no es un desliz retórico, sino el síntoma de una deriva institucional que ha ido blindando al presidente y a su círculo. La movilización de la Guardia Nacional en calles estadounidenses, la destitución de técnicos por publicar datos incómodos, la politización de la Reserva Federal y la subordinación de fiscalías a lealtades personales no son incidentes aislados; son piezas de un mismo rompecabezas.

 

Cuando un líder afirma que «no es un dictador, solo tiene sentido común» mientras desdibuja los contrapesos constitucionales, está reescribiendo las reglas del juego democrático. Los demócratas no pueden responder a esto con nostalgia institucional ni con la esperanza de que el sistema se autocorrija.

 

Como señaló la politóloga Yascha Mounk, «la democracia no se defiende con buenas intenciones, sino con arquitectura institucional y movilización cívica». Y esa arquitectura ha sido erosionada desde dentro, lo que exige una respuesta que combine resistencia legal, reforma electoral y una narrativa capaz de traducir la defensa de las instituciones en algo tangible para la vida cotidiana.

 

Paralelamente, la fusión entre el cargo público y el enriquecimiento privado ha alcanzado contornos sin precedentes. Lejos de los compromisos de separación de activos del primer mandato, el segundo ha visto cómo la Organización Trump firmaba acuerdos por más de quinientos millones de dólares con entidades estatales de Oriente Medio, mientras los hijos del presidente gestionaban inversiones en criptomonedas y centros de datos con socios vinculados a regímenes que hoy reciben trato preferencial.

 

El indulto a figuras financieras condenadas, el acuerdo con el IRS que blinda fiscalmente al núcleo familiar y la opacidad en la gestión de contratos gubernamentales no son meras controversias éticas; son la materialización de un modelo en el que el Estado se convierte en una extensión del patrimonio. En palabras del economista Daron Acemoglu, «cuando las élites capturan el Estado, la democracia se vacía por dentro y la competencia política se reduce a una lucha por el acceso al botín».

 

Ante este escenario, el vuelco demócrata no puede ser solo electoral; debe ser estructural. Exige leyes de transparencia vinculantes, mecanismos obligatorios de enajenación de activos privados y una cultura de rendición de cuentas que premie la integridad por encima de la lealtad tribal. Pero, ¿es posible un vuelco real en estas condiciones? La respuesta es afirmativa, siempre y cuando se abandone la ilusión de que la demografía o el tiempo harán el trabajo por sí solos. Estados Unidos no cambia por inercia; cambia por organización.

 

Los demócratas deben construir una coalición que cruce fronteras geográficas y culturales, que hable de vivienda, salarios y seguridad económica con la misma claridad con la que hoy se habla de identidad y derechos. Deben disputar el poder condado a condado, proteger el acceso al voto, reformar el Colegio Electoral y el Senado, y ofrecer una visión internacional que recupere la credibilidad del liderazgo estadounidense sin caer en el mesianismo ni en el aislacionismo. Como recordaba el juez Louis Brandeis, «la luz del sol es el mejor desinfectante». Y hoy más que nunca, esa luz debe proyectarse sobre los negocios oscuros, las guerras no declaradas y los silencios institucionales.

 

El vuelco no llegará por la espera, sino por la construcción deliberada. En 2026, con la fatiga democrática en aumento y la confianza ciudadana en mínimos, la pregunta ya no es si los demócratas pueden cambiar la política estadounidense, sino si tienen la voluntad colectiva para asumir el costo político, ético y organizativo que exige esa transformación. Porque el futuro no pertenece a quien tiene razón, sino a quien sabe gobernar con ella y defenderla cuando el poder intenta borrarla.

 

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