Unos 6,8 millones de andaluces tienen en sus manos algo más que una papeleta. Tienen la capacidad de certificar un cambio de ciclo, de confirmar que la extrema derecha no es imparable y de demostrar que, pese a las tormentas, la izquierda sigue teniendo voz. Pero también llevan una pregunta incómoda marcada a fuego: ¿puede una candidata que gestiona las finanzas de toda España defender con credibilidad los intereses de Andalucía?
Montero no es una candidata cualquiera. Hasta hace pocas semanas compaginaba la vicepresidencia primera y la cartera de Hacienda con la carrera autonómica. Y eso pesa. El PP ha convertido su doble rol en arma arrojadiza: «Montero defiende en Madrid lo que critica en Sevilla», repite Juanma Moreno en cada mitin. Mientras ella niega en rueda de prensa que exista un «trato de favor» para Cataluña sin una reforma global de la financiación autonómica, el gobierno andaluz del PP cifra en 30.000 millones las supuestas pérdidas de un modelo vasco o navarro. Un cálculo que no resiste un análisis riguroso: una financiación singular para Cataluña no drenaría a Andalucía; al contrario, un sistema más justo y descentralizado podría beneficiar a toda España, incluida esta comunidad.
La pregunta que muchos votantes socialistas se hacen es sencilla: ¿prioriza Montero la estabilidad del Gobierno de Sánchez o los intereses de Andalucía? No es una acusación de corrupción. Es una duda legítima sobre lealtades. Y en política, las dudas votan, por muchas veces que Montero lo haya explicado.
Los socialistas se enfrentan a su hora más baja en Andalucía. Las encuestas son claras: del 30% de los votos y 30 escaños de 2022, el PSOE podría caer hasta los 24-27 escaños, su mínimo histórico en una región que gobernó 37 años consecutivos.
Pero reducir este momento a una simple derrota sería un error. El PSOE andaluz arrastra una crisis de identidad: atrapado entre la sombra de un Gobierno nacional lastrado por polémicas y la dificultad para construir un relato propio que conecte con una sociedad cambiante. El escándalo de las mamografías —2.300 mujeres sin resultados a tiempo— y el accidente de Adamuz deberían haber sido palancas para movilizar el voto del cambio. Pero la campaña socialista no ha sabido transformar el malestar en esperanza.
Aquí entra el «factor Cataluña»: para muchos votantes tradicionales del PSOE en Andalucía, la percepción de que el Gobierno central negocia con independentistas mientras la región sigue infrafinanciada duele. No es racional, quizás. Pero la política no se hace solo con datos: se hace con emociones. Y la emoción del abandono cala.
El impacto nacional será inevitable. Un mal resultado acelerará las preguntas incómodas en Ferraz: ¿Es Sánchez un activo o un lastre para Montero? ¿Tiene margen para liderar una renovación sin romper con La Moncloa? Pero cuidado: subestimar al PSOE ha sido históricamente un error. Saben resistir. Saben reinventarse. Y este domingo, cuando se cierren los colegios, podría empezar su reconstrucción.
Aquí está una de las claves de la jornada: Vox no solo tiene un techo. Podría bajar.
Los sondeos más rigurosos sitúan a la formación de Abascal entre 13 y 17 escaños, muy lejos del 20% con el que soñaban sus estrategas. Más aún: en un escenario de alta participación o de voto útil hacia el PP, Vox podría incluso perder alguno de los 14 escaños que obtuvo en 2022.
¿Por qué? Porque su estrategia de radicalización —con propuestas como la «prioridad nacional» que antepone a españoles sobre extranjeros— ha activado un cordón sanitario informal entre votantes moderados. Juanma Moreno ha sabido presentarse como la opción «ordenada» y «centrista», absorbiendo el voto de protesta y desactivando el impulso hacia la extrema derecha.
Si Vox no logra ser decisivo en la formación de gobierno —Moreno roza la mayoría absoluta—, se abrirá un debate interno inevitable: ¿radicalizarse más para movilizar al núcleo duro o moderarse para ampliar bases? Sea cual sea la respuesta, una cosa es clara: la extrema derecha en España tiene límites. Y Andalucía podría marcar el inicio de su estancamiento.
Mientras los focos se centran en PP, PSOE y Vox, la izquierda alternativa —Por Andalucía y Adelante Andalucía— libra una batalla menos visible pero no menos importante. Las encuestas les otorgan entre 4 y 8 escaños en total. No es el resultado soñado, pero tampoco es irrelevante.
Es cierto: la izquierda andaluza está fragmentada. Es cierto: le cuesta capitalizar el malestar social. Pero también es cierto que sigue siendo la única voz que pone en el centro temas incómodos: la sanidad pública frente a la privatización encubierta, la vivienda como derecho frente al turismo especulativo, el empleo digno frente a la precariedad.
Si logran mantener representación, habrán demostrado algo crucial: que hay espacio para una política que no se rinda ante el bipartidismo. Que la indignación puede transformarse en propuesta. Que, pese a las tormentas, la izquierda sigue teniendo algo que decir. No se trata de ganar este domingo. Se trata de seguir construyendo. De mantener viva la llama de una política que pone a las personas en el centro. Y eso, en tiempos de cinismo, ya es una victoria.
Juanma Moreno lo tiene casi todo a su favor. Las encuestas le otorgan entre 51 y 58 escaños, a las puertas de la mayoría absoluta (55). Si la logra, gobernará en solitario, sin depender de Vox, y se consolidará como el candidato natural del PP a las generales.
Moreno ha basado su campaña en la gestión «en positivo», evitando el confronto y el debate sobre los problemas estructurales. El escándalo de las mamografías, los retrasos en oncología, la vivienda inaccesible, la precariedad laboral... todo eso queda para después de la victoria.
Si gana, lo hará con una mayoría construida más sobre el desencanto con la alternativa que sobre la adhesión a su proyecto. Y eso, a largo plazo, se paga. Porque gobernar no es solo ganar elecciones: es responder cuando las cosas se tuercen.
Lo que ocurra este domingo en Andalucía no se quedará en Andalucía. Será el termómetro de la política nacional. Un PP triunfante reforzará a Feijóo de cara a La Moncloa. Un PSOE en mínimos acelerará su debate interno. Una Vox estancada reabrirá la pregunta sobre su estrategia. Una izquierda que resiste mantendrá viva la posibilidad de una alternativa real.
Pero hay algo más en juego. 6,8 millones de andaluces decidirán si quieren más de lo mismo o se atreven a imaginar algo distinto. Si priorizan la estabilidad o el cambio. Si confían en quienes les han gobernado o si apuestan por otras voces.
Las urnas no mienten. Cuando se cierren las urnas y se realice el recuento, sabremos qué quieren los andaluces.

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