lunes, 25 de mayo de 2026 18:10
Opinión

Aguirre, Aldama y Abascal: ¿la santísima trinidad de la regeneración?

Carmen P. Flores
Carmen P. Flores
Directora de Pressdigital

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Este sábado, Madrid fue escenario de una de esas paradojas que solo nuestra vida política es capaz de ofrecer: una «Marcha por la Dignidad» que exigía la dimisión del presidente Pedro Sánchez al grito de «basta de corrupción», mientras en sus filas desfilaban personajes cuyos nombres aparecen, con preocupante frecuencia, en sumarios judiciales por presuntas irregularidades. No es sátira. Es la crónica de un país donde la brújula moral no se pierde por accidente; se deja perder por conveniencia.

La estampa es tan potente como incómoda. Víctor de Aldama, empresario imputado en la trama de las mascarillas y en el caso Koldo, recibiendo aplausos y posando para selfies de manifestantes que claman contra la impunidad. Esperanza Aguirre, cuya etapa al frente de la Comunidad de Madrid quedó salpicada por múltiples investigaciones —Gürtel, Púnica, Caso Palma— y cuyos exconsejeros siguen prestando declaraciones comprometedoras esta misma semana, ondeando ahora la bandera de la regeneración. Daniel Esteve, líder de Desokupa, agrediendo verbalmente a periodistas en pleno acto; a una reportera de TVE le espetó: «Los de TelePedro no sois periodistas, sois basura». Ante la insistencia de la profesional, su respuesta fue aún más gruesa: «Pregúntaselo a la mierda de cadena para la que trabajas... Venga, payasa». Un despliegue de respeto y civismo, sin duda. Y, cerrando el cuadro, Santiago Abascal, líder de Vox, denunciando una supuesta mafia corrupta mientras su formación acumula cuestionamientos sobre su financiación interna y pactos de conveniencia.

A todo ello se suma un largo etcétera de rostros conocidos que, desde la tribuna de la protesta, señalan con el dedo mientras miran para otro lado cuando el espejo les devuelve su propia imagen. La autoridad moral no se decreta, se acredita. Y no se acredita señalando con el dedo mientras se ocultan las manos.

La pregunta que debería hacerse cualquier ciudadano con un mínimo de sentido crítico es sencilla: ¿quién tiene autoridad moral para exigir pureza cuando uno mismo carga con mochilas tan pesadas? No se trata de aplicar una lógica de «todos son iguales» —falacia cómoda que sirve para lavar conciencias—, sino de reclamar coherencia. Cuando la ética se convierte en eslogan de campaña, la indignación se selecciona como un plato a la carta. La lucha contra la corrupción no puede ser un arma arrojadiza que solo se emplea contra el adversario político. Si de verdad queremos una democracia más sana, el examen de integridad debe ser universal, empezando por quienes se erigen en fiscales de la opinión pública.
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El problema de fondo no es solo la hipocresía individual, sino la banalización del discurso ético. Cuando las denuncias se activan solo cuando conviene tácticamente y se silencian cuando afectan a los nuestros, el mensaje que llega a la ciudadanía es devastador: la moral es opcional, la justicia es selectiva y la dignidad, un producto de marketing político. Y mientras tanto, la confianza en las instituciones se resquebraja, el cinismo se instala y la democracia se debilita.

No es legítimo pedir transparencia mientras se opaca lo propio. No es creíble reclamar dimisiones por presuntas irregularidades mientras se normaliza la presencia de imputados en actos públicos. Y no es ético utilizar el malestar ciudadano para alimentar una narrativa de confrontación que, en el fondo, protege privilegios. La verdadera dignidad no se grita en las plazas. Se construye con hechos, con coherencia y con el coraje de ajustar la práctica al discurso.

La salida no pasa por el silencio cómplice ni por la equidistancia ingenua. Pasa por exigir lo mismo para todos: investigación rigurosa, independencia judicial, responsabilidad política y, sobre todo, humildad para reconocer que nadie está por encima de la ley. Cuando quienes se autoproclaman defensores de la democracia la tratan como un escenario de confrontación, agreden a la prensa y normalizan la doble moral, no están defendiendo la dignidad pública; la están vaciando de contenido.

Lo que vimos el sábado no fue una protesta cívica. Fue un sainete donde la indignación se confunde con la estrategia. Más ruido, menos altura y un público entregado y de comparsa. Si queremos regeneración, que empiece por la coherencia. Mientras tanto, la ciudadanía seguirá preguntándose, con razón: ¿en qué universo se celebra la virtud con los imputados en primera fila?

 

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