domingo, 31 de mayo de 2026 12:15
Opinión

La Agenda 2030 no existe, pero los 45°C sí: bienvenidos a la realidad

Carmen P. Flores
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Directora de Pressdigital

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Mientras Europa suda bajo una nueva ola de calor que ya supera los cuarenta y cinco grados en amplias zonas del sur y mantiene a millones de personas bajo alerta sanitaria, resulta cada vez más difícil sostener, con rigor intelectual o responsabilidad pública, que el cambio climático “no existe” o es un invento de las élites globalistas. Y, sin embargo, en España hay políticos que lo afirman con convicción. No por falta de datos, sino por exceso de conveniencia. La ciencia lleva décadas hablando con una sola voz: el calentamiento global es real, es acelerado y es de origen humano.

Los informes del IPCC, miles de estudios revisados por pares y la ciencia de atribución climática no dejan margen para la ambigüedad. Lo que antes eran proyecciones se ha convertido en experiencia vivida, y esa experiencia tiene nombre: ríos que se secan, cosechas que se marchitan, hospitales que colapsan por golpes de calor y bosques que arden con una intensidad sin precedentes. Cuando el termómetro marca exactamente lo que la ciencia predijo, el negacionismo deja de ser una postura política para convertirse en un ejercicio de irresponsabilidad cínica.

En España, el rostro más visible de esta negación es Vox, pero no opera en el vacío; encuentra eco, complicidad silenciosa o cálculo estratégico en sectores del Partido Popular, que oscilan entre la ambigüedad calculada y el obstruccionismo sistemático a las políticas climáticas. Vox ha presentado enmiendas a la totalidad contra la Ley de Cambio Climático, ha calificado el consenso científico de “religión climática” y ha difundido bulos como que la Unión Europea ordenó la voladura de presas por “fanatismo ecológico”, una falsedad desmentida oficialmente, pero que siguen repitiendo porque no buscan la verdad, sino movilizar resentimientos. Sus portavoces afirman que “mueren diecisiete veces más personas de frío que de calor” y sugieren cínicamente que “calentar un poco el planeta reduciría la mortalidad”, ignorando que el calor extremo ya mata a miles en Europa y que la velocidad del cambio actual no tiene precedentes en la historia humana.

El Partido Popular, por su parte, sin negar abiertamente la ciencia, vota en contra de compromisos climáticos en el Parlamento Europeo, se alinea con discursos de su socio de extrema derecha y prioriza el cortoplacismo electoral sobre la supervivencia del país, demostrando que la complicidad por omisión o cálculo partidista es tan dañina como la negación explícita.

La estrategia es clara y documentada: explotar los miedos de sectores que temen perder su modo de vida vinculado a los combustibles fósiles, la agricultura intensiva o el transporte diésel, y ofrecerles un relato sencillo y seductor en el que todo lo malo se debe a “agendas ideológicas” y “élites desconectadas”, mientras se minimiza o niega la evidencia empírica. Es una táctica de desinformación que confunde la duda científica legítima con la negación sistemática, y que ha convertido la gestión de la transición ecológica en un campo de batalla identitario en lugar de un imperativo de supervivencia.

Pero hay una ironía cruel: las encuestas muestran que incluso la mayoría de los votantes de Vox creen en el cambio climático. No es representatividad; es manipulación. Los líderes negacionistas están engañando a sus propios electores, cambiando datos por dogmas y ciencia por eslóganes, todo para pescar un puñado de votos que les permita mantener cuotas de poder o influencia mediática. ¿Cuánto vale ese cálculo electoral? Vale incendios que devoran pueblos, cosechas perdidas por sequía, facturas energéticas inasumibles y vidas arrebatadas por el calor. Para ellos, es un daño colateral aceptable. Para el resto, es una traición al sentido común y al contrato social.

La realidad, sin embargo, no entiende de mayorías parlamentarias ni de eslóganes de campaña. La ciencia de atribución climática demuestra con precisión matemática que olas de calor como la actual serían estadísticamente mucho menos frecuentes, menos intensas y, en muchos casos, prácticamente imposibles sin la influencia humana. Los negacionistas quedan hoy en una posición cada vez más insostenible: o mutan su discurso hacia un “realismo tardío” que admite los síntomas pero rechaza las causas, o se hunden en la contradicción pública cuando los mismos fenómenos que ridiculizan acaban golpeando sus propias circunscripciones. Ya no basta con decir “el clima siempre ha cambiado”; la escala y la velocidad actuales son inequívocas. El termómetro no debate, no negocia y no ideologiza. Solo mide. Y lo que mide es que el tiempo de las excusas se ha acabado.

La política no puede seguir viviendo de espaldas a la evidencia. Los líderes no necesitan “creer” en el clima; necesitan respetar los datos, anticipar los riesgos y asumir la gobernanza de lo urgente. Negar el cambio climático no es defender la prudencia; es posponer la factura y dejar que otros la paguen, especialmente los más vulnerables, las generaciones futuras y los territorios que menos han contribuido al problema. Quienes difunden bulos mientras el país arde, quienes ridiculizan a miles de científicos por un puñado de votos y quienes priorizan el redil electoral sobre la supervivencia colectiva —como Abascal, Buxadé y sus cómplices silenciosos del PP— deberán rendir cuentas ante la historia. No por disentir, sino por mentir. No por opinar, sino por obstruir. Porque cuando la realidad climática golpea, lo hace contra todos, pero quienes la niegan desde los escaños son los únicos que eligen deliberadamente mirar hacia otro lado. Y la historia, al igual que el termómetro, no perdona la ceguera voluntaria.

 

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