lunes, 14 de octubre de 2019 04:03
Opinión

KALEVALA: 23.000 VERSOS, 1.000 LAGOS

Miquel Escudero
Miquel Escudero

“El bosque comenzó a extenderse, crecieron sin cesar los árboles y echaron hojas; en el suelo brotó la hierba y acudieron las aves a cantar al árbol, silbaron plácidos los mirlos”, esta fantasía de la naturaleza se puede leer en el símbolo literario por excelencia del país de los mil lagos, Finlandia. Se trata del ‘Kalevala’, epopeya que sedujo a Tolkien y que a mediados del siglo XIX fue consolidada por escrito por Elias Lönnrot. Nacido en 1802, este filólogo (que también era doctor en medicina) se embarcó en la recuperación del folclore mitológico de su país, el cual apenas tenía literatura en finés. A través de antiquísimas narraciones populares hechas por rapsodas, en diferentes dialectos corelianos, llegó a compilar unos 23.000 versos. Compartamos esta fiesta con nuestros amigos finlandeses, como lo es Arno, aquí presente. Se habla de “entonar cantos familiares, viejas canciones de la raza”. “Démonos la mano, entrelacemos nuestros dedos, bellas canciones entonemos, contemos los mejores cuentos para que puedan los que quieran, los jóvenes que van creciendo, los mozos de este pueblo próspero, oír aquellas cantilenas”. El tiempo sigue hacia delante y, aunque no sé –se dice- cómo vivir en esta tierra transitoria, “en esta miserable vida, en esta edad de imperfecciones”, que todo sea como antes, como en los buenos días. Vamos a animar nuestra naturaleza inhóspita, pero tened cuidado, hijos de hombres y héroes, de nunca “hacer daño a los inocentes, de hacer mal a los candorosos”.


Así, hermanos en el buen decir, amigos en el noble arte de la palabra escuchad que “las ocas no se ven las caras, los hermanos congenian poco, los compañeros no van juntos, y los hijos de un mismo padre no caminan codo con codo”. Lleguemos a un cordial acuerdo de paz y alegría: la paloma que trajo la buena nueva de que “salió la luna de la roca, el sol abandonó la piedra” y vuelven a ser ellos. Igual que la hoz se oxida tras cortar mucho heno, los cantos se fatigan con el crepúsculo. “Mis esquís han ido abriendo los caminos a los cantores del futuro”; “ya está el camino señalado, se abre una nueva senda ante cantores más ilustres”, “entre los jóvenes que crecen, entre la estirpe adolescente”. “El agua es el más viejo bálsamo, la espuma el más viejo remedio, el Creador el primer mago, Dios es el sanador primero”.


Y el mundo, amigos míos, sigue girando, aquí y allá. 

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