sábado, 15 de agosto de 2020 04:56
Opinión

ASOMÁNDOSE A LA NIÑEZ

Miquel Escudero
Miquel Escudero

En 1949, cuatro años después de acabar la II Guerra Mundial, una mujer presidió por primera vez la Academia Goncourt. Se trataba de la escritora francesa Sidonie-Gabrielle Colette (1873-1954), quien ya era miembro de la Real Academia de Bélgica y que era conocida por su solo apellido. Entre sus obras está ‘Gigi’, interpretada en el cine por Audrey Hepburn, y la serie de novelas ‘Claudine’. Hablemos hoy de una breve colección de textos literarios suyos que fueron publicados en diarios y revistas entre 1909 y 1948: ‘Regalos de invierno’ (Elba). Estos escritos abarcan cuarenta años y tienen en común la remembranza de ensueños infantiles: “Los años han ido cambiando –dirá-, y yo con ellos”.


Decía Colette que ningún niño carece de memoria. En estas páginas no se vierten análisis, sino impresiones, imágenes y susurros. Así, “el sofocante desorden de una casa feliz, abandonada en manos de los niños y las cariñosas mascotas”. O la petición infantil a una mamá: “¡no quiero ir a dormir! ¡Quiero estar despierta toda la noche, todas las noches!”; una niña que acabó acostándose sonriente, durmiéndose sabiéndose privilegiada. Colette asoma a su pasado y evoca vivencias. Se vuelve a ver junto a sus padres ‘nada ricos’, una noche: “una niña muy amada que vive entre árboles y niños y que no ha conocido ni ha deseado juguetes caros”. Esa niña pidió en su ‘séptima Navidad’ el teatro completo de Eugène Labiche (1815-1888), cuyo vodevil ‘Un sombrero de paja’ fue llevado al cine por René Clair. Y ya con ocho años le pidió a sus padres el libro de Suetonio ‘Los doce césares’, como regalo de año nuevo. Sentada, sola consigo misma, en una edad para la cual “la emoción aguda carece de palabras”. Pero también tiempo de cazamariposas, extendedores para disecarlas y alfileres de latón y reteles para pescar cangrejos. El acebo y el muérdago tuvieron su propio lugar en la cena de Nochevieja de su infancia porque, se convertían en adornos y no en símbolos.


Colette pedía a sus lectores que tratasen de mostrar en la vida una actitud amable y comprensiva. El regalo de la delicadeza y la finura que surgen en este párrafo: “¡Oh inviernos de mi infancia, un día de invierno os ha devuelto a mí! En este espejo ovalado sostenido por una mano distraída, busco mi rostro de entonces”.

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