martes, 26 de mayo de 2026 09:56
Opinión

La soberbia política

Manuel Fernando González Iglesias
Manuel Fernando González Iglesias

A Coruña, 1952

Uno entiende que un presidente "en éxtasis" diga que todo lo que hace es "chupi" e incluso "chupi guay", otra cosa es que el día a día que perciben los ciudadanos no cuadre con las percepciones presidenciales. Entonces se produce el desajuste, y con él la inevitable dispersión a dos niveles paralelos. En uno, el de la levitación trascendental camina el político agarrado a sus ideas equivocadas, y en el otro la gente que lo pasa mal, cada día está más desesperada y por lo tanto, más cabreada.

Uno entiende que un presidente "en éxtasis" diga que todo lo que hace es "chupi" e incluso "chupi guay", otra cosa es que el día a día que perciben los ciudadanos no cuadre con las percepciones presidenciales. Entonces se produce el desajuste, y con él la inevitable dispersión a dos niveles paralelos. En uno, el de la levitación trascendental camina el político agarrado a sus ideas equivocadas, y en el otro la gente que lo pasa mal, cada día está más desesperada y, por lo tanto, más cabreada.


Lo mismo sucede cuando un líder opositor, como ayer Pablo Iglesias, el de la anti-casta, hace caso a sus percepciones y decide convertirse de "motu propio" en la verdadera oposición al Gobierno sin pasar por las urnas, ninguneando, de paso, al resto de formaciones políticas que se han "empleado a fondo", durante dos jornadas parlamentarias, en sacarle los colores a Rajoy por su irresistible triunfalismo macroeconómico, con mejor o peor fortuna, pero siempre democráticamente muy respetable. Andar así por la política puede que sea muy bolivariano, pero muy poco edificante y suele acabar en notable decepción.


¡Y qué decir!, de la actitud de algunos muy destacados líderes políticos catalanes respetablemente independentistas que ante la decisión unánime de un Tribunal Constitucional del Estado que ha votado mayoritariamente en su día sus conciudadanos, se inclinan por ningunearla públicamente y de paso, anunciar viajes a la ONU donde españoles y catalanes se van a tener que ver, sí o sí, las caras aun cuando una de las partes no esté de acerdo y se ampare en el derecho internacional. ¿No es eso una solemne falta de prudencia y un desafortunado menosprecio al electorado que no comparte tus ideas, y también al Estado de derecho que entre todos nos hemos podido regalar? ¿Qué se pretende con ello, dividir a la nación catalana en dos mitades, más o menos equivalentes, en las que se deben situarse, aunque no quieran, los que estén delante de "la cabra", de los que estén detrás? ¿Es eso lo que buscan estos señores?


Ayer, la soberbia política ha vuelto hacerse fuerte en nuestra realidad cotidiana y con ella, la sensación, de que su presencia no resuelve los problemas de la mayoría de la gente, sino que los engrandece y nos aleja de los mejores momentos del estado de bienestar al que todos aspiramos. Como las oscuras golondrinas de Becquer parece que, entre unos y otros, van a conseguir que las ruidosas aves vuelva sus nidos a plantar pero, como también dicen los versos becquerianos, "aquéllas que el vuelo refrenaban/tu hermosura y mi dicha al contemplar,/aquéllas que aprendieron nuestros nombres.../ésas... ¡no volverán!".

Vamos, que como estos señores no cambien de actitud, esto no lo arregla ni la Virgen de Montserrat.

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