domingo, 23 de enero de 2022 17:30
Opinión

¿DEMOCRACIA PERSONAL O DE MASAS?

Miquel Escudero
Miquel Escudero

Hannag

El camino seguro hacia la plenitud personal de todo ser humano pasa por tomar conciencia de su valor. Saberse importante, pero no más que los otros. Hay que dejar de ser un paria inconsciente y llegar a digerir nuestro pasado; lo que Ortega denominaba reabsorber nuestra circunstancia. 


Todo lo cual conduce a incrementar nuestra libertad e independencia: querer hablar con nuestra propia voz -acaso modesta, humilde y balbuciente; no hay problema en ello, pero siempre con vocación de hacerse una personalidad-, en sinfonía con otras voces y nunca con los ecos ruidosos de lo impersonal y sus domadores; lo que dice la gente despersonalizada que se confunde, producto de un eficaz aparato de propaganda. Toda política que merezca nuestro apoyo debe reivindicar con su práctica esta conciencia, una realidad contundente.


No me canso de leer a Hannah Arendt, quien decía que de joven no se interesaba por la historia ni por la política, y que si de alguna parte 'venía' era de la tradición de la filosofía alemana. Leo Escritos judíos (Paidós), a propósito de salvar la patria judía anotó en 1948 este valioso párrafo: "Una opinión pública unánime tiende a eliminar físicamente a los discrepantes, pues la unanimidad de masas no es el resultado del acuerdo, sino una expresión de fanatismo e histeria. En contraste con el acuerdo, la unanimidad no se limita a ciertos objetos bien definidos, sino que se extiende como una infección por todos los asuntos que guardan entre sí alguna relación". 


Da para pensar y discurrir con seriedad. Apartémonos de la aceptación automática de los tópicos y revisémoslos todos, de manera implacable. Releamos: "La unanimidad de masas no es el resultado del acuerdo, sino una expresión de fanatismo e histeria". Se trataría de ser capaces de escuchar opiniones y atender argumentos que se aparten del camino trillado por la unanimidad de una opinión pública. Con frecuencia, ésta, al saberse unánime, no acepta una abierta discrepancia -tachada de intolerable provocación- y rechaza, por consiguiente, la libertad de opinión; y con ella también la democracia liberal. 


¿Quién negará que éste es un recurso habitual entre nosotros? También entre quienes se dedican a reventar actos de sus adversarios, incluso en universidades. El problema es su impunidad. Las letanías innobles de los rebaños 'antisistema', saturados de odio por las libertades personales.

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