viernes, 18 de agosto de 2017 18:31
Opinión

TRAMPAS EN EL SOLITARIO

Ferran Gallego
Ferran Gallego

Muchos ciudadanos de izquierdas, de muy diversa trayectoria, vemos en estos momentos en el PSC una garantía que podría haber sorprendido en otros momentos. No es solamente el partido en el que se deposita una determinada tradición de la izquierda obrera.

Muchos ciudadanos de izquierdas, de muy diversa trayectoria, vemos en estos momentos en el PSC una garantía que podría haber sorprendido en otros momentos. No es solamente el partido en el que se deposita una determinada tradición de la izquierda obrera. Además de eso, aparece como la formación que preserva el pluralismo social, cultural y político en Catalunya. Pluralismo social por ser el partido que sigue planteando ser el representante de los trabajadores, en los momentos de unanimidades farsantes, destinadas precisamente a evitar que los conflictos de clase determinen la identidad de cada opción. Pluralismo cultural porque en sus manos se encuentra la posibilidad de una respuesta al centralismo nacionalista español que no se refugia en el nacionalismo catalán, sino en las raíces federalistas y democráticas de lo que, para muchos de nosotros, es el mejor yacimiento de la cultura política de nuestro país: un federalismo no entendido como mero instrumento de coyuntura para ajustar problemas constitucionales, sino una forma de comprender el ejercicio y control del poder. Pluralismo político, porque sólo el PSC parece ya mostrar, cuando han desaparecido opciones que vertebraron el pensamiento y la acción de la izquierda socialista, signos claros de evitar que el nacionalismo haya simplificado las alternativas estratégicas de Catalunya. Nunca ha parecido tan claro como ahora que el nacionalismo despliega todo su potencial exclusivo y excluyente: como siempre, no desea reconocerse como opción entre otras, sino como manifestación de la totalidad del pueblo, vehículo de su unánime voluntad, espacio homogéneo de su voz indivisible.

"Ir contra la corriente", nos proponía Joan Ferran hace unos días, en vísperas de esa crónica de una desfachatez anunciada que se ha vivido en el Parlament. Cuando el PSC ha mostrado su disidencia, cuando ha advertido que Mas y los acólitos que le flanquean nos llevan a un callejón sin salida institucional y, lo que es peor, a un extenuante laberinto de sinuosas frustraciones políticas, nadie ha señalado "el valor del inconformismo", "la calidad de la disidencia", "el anacronismo de la unanimidad" o la sarta de lindezas con las que ahora se exalta a los diputados que decidieron romper la disciplina del grupo socialista en lo que ellos llaman un acto de conciencia. Cuando el PSC expresa su incomodidad en la caverna de sombras platónicas en que Mas ha convertido nuestra vida política, su dirección ha tenido que soportar los golpes que las sociedades unanimistas suelen asestarse en la línea de flotación de los heterodoxos. Cuando no se le ha propinado esa vieja acusación de "sucursalismo" con la que los nacionalistas de la transición, entonces tan minoritarios, deseaban excluir de la legitimidad a los partidos de la izquierda, se le ha arreado el sambenito de falta de respeto a sus electores ?defendidos con inaudita audacia por quienes nunca han votado al PSC-, o se la ha tildado de ser compañero de viaje de la derecha. Acusación, esta última, que llegando de quienes aprueban presupuestos antisociales o ponen su eco-sonrisa al lado del President que anuncia la consulta, no deja de tener sus bemoles ideológicos.

Sin embargo, ha bastado con que tres diputados elegidos en un sistema de listas cerradas hayan votado, en un tema fundamental, en un aspecto decisivo, contra lo que la dirección del PSC ha aprobado de forma abrumadora, para que las encendidas condenas del disidente se conviertan en desmedidos elogios del heterodoxo. Como el espectáculo nos lo conocemos ya los viejos del lugar, nada nos extraña el mutuo afecto que se ha establecido en esta entrañable historia de amor: los tres se dejan querer por quienes siempre han sido sus adversarios políticos o, por lo menos, por quienes siempre han sido los enemigos del PSC. Y todas las fuerzas nacionalistas, las que tuvieron como principal empeño construir una Catalunya en la que ni el PSC ni ninguna otra formación de izquierda obrera llegara a gobernar, muestran conmovedores halagos a la firmeza moral, al coraje cívico y a la decencia personal de quienes se han atrevido a disentir. Dejemos para esas ocasiones que tan frecuentemente hallaremos en los próximos meses, comentar la dureza de piel con la que se acusa al PSC de no respetar la voluntad del pueblo, cuando CiU ha gobernado este país con menos votos que los socialistas. Dejemos para reflexiones más extensas lo que hay de impropio, de escasa elegancia y de menor estatura política, en las condiciones de los países con un sistema parlamentario bien asentado, que las decisiones de un partido parezcan tener que depender más de lo que opinan sus adversarios que de lo que consideran sus dirigentes.

Lo que importa ahora es volver a simular nuestra sorpresa. O volver a aceptar que el ilusionismo nacionalista no es sorprendente, sino tramposo. Tras haber trazado esa línea imaginaria que divide a los catalanes en honestos e indecentes, en patriotas y traidores, en caudillos populares y burócratas siniestros, se ha dado un paso más, que completa la pérdida de formas y la quiebra de valores de nuestro escenario público. Porque, al parecer, dentro del PSC, en el seno del grupo parlamentario socialista, se desea ahora establecer una nueva línea de demarcación. La que separa a tres personas lúcidas, respetuosas con la voluntad del pueblo, defensores de la libertad de todos los catalanes e impulsores de la máxima calidad democrática de nuestras instituciones, y a quienes, cuando han votado NO, lo han hecho sin atender a su conciencia, sin respetar su programa electoral, con sombrías actitudes de desprecio a lo que lo que quieren los ciudadanos, con sórdidas maneras amenazadoras, con un desprecio al pluralismo propio no sólo de los intolerantes, sino también de quienes carecen de verdaderas convicciones, sustituidas por atención al toque de ordenanza.

No sé si servirá de mucho, pero algunos, unos cuantos, quizás la mayoría de quienes estamos fuera del nacionalismo y nada identificados con la derecha, creemos que quienes han votado NO merecen que el suyo sea considerado un voto socialista, defensor de los derechos de Catalunya, respetuoso con los acuerdos de los órganos de dirección del PSC y fiel a una tradición que precisamente se llama federal para distinguirse de la que prefiere el lugar del nacionalismo. Que su NO responde al esfuerzo de preservar ámbitos de encuentro con la izquierda española, a la que debemos la existencia misma del Estado autonómico y la perspectiva de un Estado federal. Que su NO es el acto responsable de impedir que, en una dinámica que puede ser halagadora para la demagogia populista, pero letal para el sentido político de quienes tienen que velar por la democracia, llevemos a TODOS los catalanes a una situación imposible de gobernar en el campo de la razón y entregada a ese vehículo de tracción emocional en que se ha convertido nuestra cultura política.

Que sepan, también, los "disidentes" que todo el aprecio que les dispensan algunos de forma tan obscenamente oportunista, que todo ese afecto con el que se dejan mimar ahora y que, sin duda, puede incrementar su cotización en la bolsa de valores políticos de nuestra desdichada sociedad, forma parte de la bisutería política y las baratijas ideológicas con que los adversarios de una fuerza política siempre adornan a quienes la debilitan. Quienes gestionan las salidas conservadoras en este país saben perfectamente que la partida política en que va a decidirse la suerte de este país no podrá jugarse con quienes empiezan haciéndose trampas en el solitario.

Ferran Gallego, Doctor en Historia Contemporánea y Profesor de la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB).

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