jueves, 19 de septiembre de 2019 02:46
Opinión

ROBOTIZACIÓN BANCARIA

Raúl Jiménez
Raúl Jiménez
Profesor ICREA en el Institut de Ciències del Cosmos de la Universitat de Barcelona

Raúl Jiménez es profesor ICREA en el Institut de Ciències del Cosmos de la Universitat de Barcelona.

La noticia ha sacudido a los medios por la magnitud de sus cifras: el Banco de Santander, el primer banco privado de España y uno de los principales en Europa, ha propuesto a los sindicatos un ERE (expediente de regulación de empleo) con despidos de 3.713 de sus trabajadores. Ello comportaría el cierre de una de cada cuatro de sus oficinas en España. Al mismo tiempo, Caixabank continua con el crecimiento de su sistema de banca remota (InTouch) el cual utiliza masivamente herramientas "Big data".


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Al margen de razones circunstanciales, como ha sido la reciente adquisición del Banco Popular, operación que ya implicó el despido de 1.100 empleados del antiguo banco ahora integrado en el Santander, el motivo central e insoslayable de la propuesta de reducción laboral es el de la digitalización. Los autores de este artículo utilizamos el término de robotización para significar los recientes procesos tecnológicos de la industrialización 4.0. Esta conlleva una revolución productiva impulsada por la generalización de internet y la automatización, las cuales intensifican las progresivas aplicaciones de la inteligencia artificial (IA) y la ulterior maximización productiva. Eventualmente, los procesos en marcha ya están haciendo superflua la necesidad de buena parte del trabajo asalariado, fundamentalmente en lo que afecta a tareas laborales rutinarias que son sustituibles por robots. El episodio de la propuesta del Santander no hace sino poner a prueba un porvenir a la vuelta de la esquina.



Han pasado más de diez años desde que se desencadenó la gran recesión de 2008 y, desde entonces las sucursales bancarias en España se han reducido en un 43% En la actualidad las oficinas de los bancos son unas 26.000, pero su número decrece inexorablemente. Mientras aumenta una cierta perplejidad de de ciudadanos y agentes sociales ante esta disminución, cabría preguntarse, sin embargo, por qué permanecen aún tantas sucursales abiertas. Y es que, desde un criterio estrictamente de eficiencia productiva, las actividades desarrolladas en las tradicionales sucursales resultan, cuando menos, anacrónicas.


En los EE.UU., el ritmo de cierre de sucursales bancarias es de aproximadamente 3.000 al año (ritmo de cierre de sucursales bancarias en EE.UU.). En España el ritmo de cierre es menor, unos 2.000 al año, pero nuestro país tiene siete veces menos población que EE.UU. El país norteamericano tenía en 2018 aproximadamente 75.000 sucursales bancarias (número de sucursales bancarias en EE.UU.); es decir un factor 3 menos que España para una población siete veces mayor y una superficie casi 20 veces más grande que la española.


Ciertamente, el fenómeno de la aceleración en el cierre de sucursales bancarias coincide con los efectos causados por la Gran Recesión. Pero es sin duda el proceso de robotización masiva el responsable de que, tras la recuperación económica a los niveles macroeconómicos anteriores a 2008, se haya favorecido la progresiva desaparición de los empleos rutinarios que ahora se realizan 'cómodamente' --a costa del tiempo del usuario, claro está-- en nuestros móviles u ordenadores. Hágase notar que el sistema de operaciones bancarias y del manejo monetario es de los más adecuados para una robotización total de trámites y actividades. Así se hace posible con el desarrollo de nuevas herramientas en algoritmos predictivos basado en el llamado machine learning (aprendizaje automático), junto con la creciente capacidad de cálculo de los ordenadores, del almacenamiento de datos y la llegada de la red 5G (con velocidades de transmisión de datos de un factor 20 veces más rápido que las actuales 4G en nuestros smartphones móviles inteligentes). Considérese que al proporcionar el 5G velocidades de fibra óptica en nuestros móviles, y virtualmente en cualquier lugar del mundo, ello hará que toda la infraestructura física de dicha fibra óptica sea irrelevante y que internet se haga ubicuo en cualquier sitio de nuestro planeta.


Ya existen bancos virtuales con una presencia mínima de sedes físicas para la atención del público. Por ejemplo, en EE.UU. el banco financiero e*trade (us.etrade.com) cuenta con apenas 30 sucursales "boutique", donde los clientes pueden tomarse un café o un aperitivo mientras interaccionan con algún experto respecto a alguna transacción o gestión bancaria . Cierto es, sin embargo, que los 50 mayores bancos mundiales mantienen una presencia física todavía importante, con la excepción de ING, entidad pionera en favorecer las transacciones bancarias telemáticas.


Un caso ilustrativo telemático es el del fondo de pensiones y banco de inversión TIAA (tiaa), el cual es el fondo de pensiones de profesores en EE.UU. cuyo funcionamiento es virtual, si bien operadores telefónicos están disponibles para atender las cada vez más infrecuentes consultas, dado que el conjunto de las operaciones posibles a realizar pueden llevarse a cabo en su página web.


En lo que afecta a desembolsos cotidianos, actualmente muchas personas ya realizan todos los pagos con sus teléfonos móviles o mediante sus relojes inteligentes. Los países escandinavos ya son virtualmente 'sin efectivo' (cashless). Considérese que en esos países nórdicos, menos del 10% de las transacciones monetarias se realizan con dinero físico. El metro de Londres es otro ejemplo donde no hace falta ningún otro medio de pago que no sea el propio teléfono móvil.


Dada la vorágine tecnológica de las aplicaciones de pago y transacciones dinerarias, no es difícil prever que la fisonomía de la banca, tal y como la conocemos, desaparecerá en la próxima década y será uno de los primeros sectores de nuestra sociedad totalmente robotizado. Es este un escenario anticipatorio de cómo la robotización afectará a nuestra sociedad y a nuestros empleos.


Tenemos ante nosotros un experimento social en desarrollo de lo que significará la robotización de las actividades económicas para nuestra sociedad. Si el sector bancario fuese un ejemplo a seguir, entonces vamos a ver una robotización casi absoluta de todas las tareas rutinarias. Habrá pocas posibilidades laborales para mano de obra no altamente especializada. El número de trabajadores asociado a este sector, reducido a científicos de la computación altamente especializados, así como los analistas económicos de muy alto nivel y los dueños bancarios continuarán con su objetivo de maximizar los beneficios. Quizás como nota final conviene recordar que los robots no se ponen enfermos y que, a pesar del enorme desembolso económico inicial que supone robotizar actividades productivas, el retorno a medio plazo es enorme. Habrá que estar atentos a ver qué ocurre con los gigantes tecnológicos (Google tiene licencia bancaria en Irlanda para operar como banco en Europa) cuando entren plenamente en este sector.


Otros sectores laborales, especialmente en lo relativo a funciones y ocupaciones rutinarias seguirán el mismo camino. Algunos agentes sociales reacios a aceptar tales cambios, y nostálgicos de un tipo de relaciones industriales previsibles y pautadas desarrolladas tras la Segunda Guerra Mundial, se resistirán a abandonar el pasado. Quizá sería bueno que abrazasen la causa del ingreso mínimo universal para aquellos ciudadanos que engrosarán irremediablemente las filas de los parados estructurales. Además de por razones de equidad social, los criterios de eficiencia productiva deberían atender las necesidades de los nuevos siervos de la gleba en un mundo crecientemente robotizado.


*Este artículo ha sido escrito conjuntamente entre Raúl Jiménez, profesor ICREA en la Universidad de Barcelona, y Luis Moreno, profesor del CSIC. Ambos son autores del libro "Democracias robotizadas".

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