sábado, 4 de julio de 2020 17:36
Opinión

NUEVAS FÓRMULAS PARA GOBERNARNOS

José Molina Molina
José Molina Molina
Doctor en Economía y Sociólogo. Miembro de Economistas Frente a la Crisis y de Transparencia Internacional y Presidente del Consejo de la Transparencia de la Región de Murcia.

Afirma Naím en El fin del poder que la Humanidad debe encontrar nuevas fórmulas para gobernarse, empujada por los cambios en los modos de consumir, de usar y de relacionarse con el poder. El mundo cambiará a un ritmo mayor aún con las últimas revoluciones tecnológicas, como consecuencia de innovaciones cada vez de más envergadura. Ya vivimos grandes cambios con el final de la Segunda Guerra Mundial, como la creación de la ONU, del Banco Mundial y del FMI; ahora podemos pensar que veremos nuevas transformaciones para que la Humanidad pueda sobrevivir y progresar.


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Uno de los cambios vendrá por la cuestión del consumo, que sin recetas garantizadas se hunde. Por eso cada vez más organismos y especialistas defienden que la Renta Básica Universal es la forma más eficaz para que el consumo llegue para todos, porque daría liquidez inmediata a cada ciudadano y ciudadana, sin burocracias, con libertad y respetando los derechos. No hay que alarmarse: es cierto que supone el 11% del PIB, pero su impacto se reduce al 1% al financiarse vía impuestos, de acuerdo con los cálculos del economista G. Mankiw.


Una persona nada sospechosa como Mario Draghi ha manifestado que, o se inyecta directamente a las familias para reactivar el consumo, o el coste de lo que venga va a ser peor. Pero no es solo eso; hay que garantizar también el soporte financiero -y ágil- es a las pequeñas y medianas empresas que han sido paralizadas para atender a la emergencia sanitaria.


El triángulo vital para la Humanidad es garantizar consumo, producción y renta básica. Los Bancos Centrales deben crear dinero, porque el déficit que ahora aumente se absorberá con una economía de inteligencia compartida. Si acertamos con las medidas y ponemos el dinero en manos de quien verdaderamente lo necesita se reducirá el paro y las empresas volverán a su normalidad, con una lección bien aprendida. Deberemos establecer prioridades para no olvidar que esta situación nos cogió con las reservas vacías.


Son momentos de hablar claro, que no es lo mismo que liarla parda. Es el momento de decir verdades, de practicar una transparencia absoluta que contrarreste las demasiadas mentiras. No tener miedo a la palabra, y estar presentes en los debates para que esta crisis se interprete de una manera equilibrada y sencilla, y que aprendiendo de lo ocurrido le demos al dinero solo la importancia relativa que debe tener en la vida.


Dice Alaine Touraine que a la pandemia no debemos llamarla guerra, porque el Covid-19 no es el jefe de un gobierno enemigo. Lo que hay es, por un lado, una maquina biológica, y por otro, personas y grupos faltos de ideas: sin dirección, sin programas, sin estrategia y sin lenguaje. 


Llenan su silencio con una estadística que ni siquiera es realista. ¡Esto no es la guerra! Estamos en el vacío, y tenemos que movernos.


Aunque la crisis ha generado una gran solidaridad, a la vez ha quedado en evidencia el abandono en que había muchas personas mayores, su explotación y la necesidad de abordar una nueva comunicación intergeneracional. Igual ha pasado con población migrante, que no se ha abordado con la capacidad de integración que requiere. Ya no debemos anteponer el beneficio y la conquista de las ganancias a costa de lo que sea: el golpe que estamos sufriendo ha puesto de manifiesto nuestra miopía, la ruina moral ante la evidencia de esas residencias sin control y esas familias sin medios.


Restablecer la confianza, concretar formas de rendición de cuentas en las que la ciudadanía pueda participar de verdad, creando cauces de gobernanza que limiten los poderes y que sean un contrapeso: lo que los politólogos llaman los Check and balance de las políticas y sus instituciones. Es el momento de la innovación y aplicar las nuevas tecnologías. Pensemos que a lo largo de muchos años de democracia hemos cambiado muy poco en proporción con lo mucho que ha cambiado la vida. Es el momento de dar un paso más.


Nos recuerdan Acemoglu y Robinson que la libertad no es el orden natural de la Humanidad. Más bien, lo que ha pasado siempre es que los fuertes han dominado a los débiles y la libertad ha sido aplastada por la fuerza, por las costumbres o por las normas. Y solo cuando la ciudadanía ha podido defenderse con fuerza se ha despojado del despotismo. Por eso, la libertad exige un equilibrio entre el Estado y la sociedad, un equilibrio que como afirman estos autores pasa por un callejón estrecho, pero que tiene salida. Encontrarla es fascinante, y las medidas para lograrlo tienen sus riesgos, pero son el camino para un Estado y una Sociedad más robusta. Aunque supongan sacrificios, porque nada se consigue gratis en la vida.

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