miércoles, 28 de julio de 2021 14:38
Opinión

VIDAS DE 150 AÑOS

Luis Moreno
Luis Moreno

Profesor de investigación del CSIC en el Instituto de Políticas y Bienes Públicos

Lo que hasta hace poco parecía una ensoñación es ahora una posibilidad real. Para fines del presente siglo se estima que la longevidad de las personas podría alcanzar los 150 años. Cabe contraargumentar que se trata de proyecciones que los científicos sociales denominamos como profecías que se autocumplen. Es decir, son extrapolaciones hacia el futuro que aunque pudieran ser ‘falsas’, despiertan un interés en las gentes y los actores intervinientes haciendo que se comporten en modo tal que se vuelvan ‘verdaderas’. El sociólogo Robert Merton subrayaba la fuerza que implica que las cosas vayan a suceder para que, finalmente, sucedan.



El deseo de autocumplimiento tiene sus límites, claro está. Las personas, por lo general, no quieren morirse, pero su ocurrencia es inevitable. Todos nos morimos, tarde o temprano. El común de las gentes piensa que cuanto más tarde mejor. Y así ha sucedido en los tiempos contemporáneos. La expectativa de vida en los países desarrollados del hemisferio norte ya ha superado con creces los 80 años. España, donde la esperanza de vivir se duplicó durante el siglo XX, es el sexto país más longevo del mundo: 82,4 años. Italia, otro país mediterráneo, próximo al nuestro en sus indicadores de salud, hábitos alimenticios y actitudes vitales, es el segundo estado donde más se vive en el planeta Tierra (82,9 años).



Son diversos los determinantes que afectan a la longevidad individual. La genética y las circunstancias de la niñez aportan un tercio de las explicaciones. El resto depende de la vida adulta en lo relativo a la salud, factor principal en la duración de los ciclos vitales. Es bien sabido que el tabaco, por ejemplo, acorta la vida en todo tipo de situaciones y los fumadores lo saben, aunque algunos de ellos acepten el riesgo ‘indeterminado’ de una muerte más temprana que la de los no fumadores. La persuasión publicitaria y los intereses mercantiles de las grandes tabaqueras no son ajenos, claro está, a tal albedrío individual. El dinero (nivel de renta) cuenta aproximadamente lo mismo que la medicina en retrasar el fallecimiento de los ciudadanos. Sin embargo, la desigualdad socioeconómica es causa directa de la disparidad en la edad de muerte entre los más pudientes y los menos pudientes.



Conviene resaltar el anterior aspecto, frecuentemente minimizado en los países inductores del consumo de la ‘comida basura’ (junk food). No es tanto que la baja calidad de los alimentos consumidos masivamente en países con los EEUU y otros anglosajones pueda ser causa del desarrollo de enfermedades cardiovasculares o cancerígenas, según el aviso de la Organización Mundial de la Salud que tanto revuelo mediático ha causado últimamente. A una mayor equidad dietética, como es el caso de Italia, mediante un coste accesible e igualitario a los productos que hacen de la dieta mediterránea la más indicada para facilitar la longevidad, se corresponden más años de vida. Más igualdad alimenticia equivale, pues, a una mayor esperanza de vida general. Recuérdese que en el país transalpino la mayoría de la población prepara sus sabrosas salsas para acompañar la pasta, por ejemplo, con productos saludables y frescos, los cuales son asequibles para casi para todos los bolsillos de los usuarios. Por su parte, el mayor consumo de pescado en Japón, se identifica como una de las causas de que sea el estado donde más se vive en el mundo (más de 83 años).



Hace unos días participé en Berlín en una reunión del programa de investigación, ‘Más años, mejores vidas’ (More Years, Better Lives). Un tema transversal en todas las discusiones es el que afecta a la ‘calidad de vida’ de los personas mayores. Nótese que, como ya ha señalado en anteriores ocasiones el Prof. James Vaupel, la razón fundamental de que la frontera de la supervivencia haya avanzado en el mundo no es que la senectud de las personas se haya desacelerado, sino que se ha pospuesto en el tiempo. La gestión de achaques y condicionamientos que acompañan a la etapa final humana permiten no sólo mayor calidad vital sino --y es lo más significativo-- que se viva más. Descabellado hubiera sido pensar, para aquellos cuarentones que confrontaban a principios de los años 1900 el final de sus vidas, que sus descendientes de ahora alcanzarían la frontera de los ochenta años. Las proyecciones estadísticas actuales, asumiendo ‘shocks’ e ‘imprevistos’ no lineares, como guerras o pandemias, anuncian para el siglo XXI los 180 años de expectativa de vida.



El país más longevo del mundo, Japón, nos sirve de nuevo de ilustración del retraso de la muerte entre sus habitantes. En 1970, apenas se sobrepasaba allí la cifra de 10 personas de más de 105 años, la cual se quintuplicó en 1985. En 2010 se contabilizaron 2.350 ancianos que superaban tal edad. Los buenos hábitos y de cuidado personal no pueden controlar la variable del azar, lo contingente y aún de la fatalidad. Se muere también por razones ajenas a la voluntad de las personas. Pero el argumento se sobreutiliza como un recurso dialéctico para justificar conductas patológicas individuales, las cuales también pueden propiciar estilos de vida de implicaciones no deseadas para el conjunto social. Se recurre, además, al impacto futuro de las terapias génicas, las cuales podrán eventualmente combatir eficazmente enfermedades tales como el cáncer o la demencia senil. La regeneración y rejuvenecimiento de órganos y tejidos corporales también permitiría, mediante tales tecnologías genéticas, un acceso a la idealizada fuente de la eterna juventud.



Todo lo anterior no debe hacer confundir al lector respecto a la verdad última de la finitud humana. Como seres sociales que somos, despunta en el ramillete de consideraciones sobre la vejez, el objetivo final de preservar la dignidad de la vida en la última etapa vital. En la mencionada reunión berlinesa, se insistió en la importancia de mantener los sistemas de bienestar, favorecer la equidad intergeneracional y sostener las políticas que auspicien una ciudadanía activa en los últimos años de vida. Todo ello puede hacer retrasar la llegada de la muerte con un adecuado nivel de calidad de vida. En modo alguna, empero, podrá esquivarla.  

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