domingo, 29 de marzo de 2020 00:42
Comunicación

Así colaboró Hollywood con el régimen nazi

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La palabra colaboración puede tener muchos significados. Por ejemplo, designa el trabajo conjunto en igualdad de condiciones, así como la vergonzosa sumisión de un país que disfraza la derrota militar proponiéndose colaborar con el vencedor: el caso de la Francia de Vichy durante la Segunda Guerra Mundial (1939 a 1945).


Portada El pacto entre Hollywood y el nazismo



La colaboración entre los empresarios de Hollywood y el gobierno nazi entre 1933 y la entrada de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial no es más honrosa que la de Vichy. Todo lo contrario, a juzgar por la documentación que el investigador Ben Urwand reunió e interpretó en 'The Collaboration: Hollywood's Pact with Hitler' (La Colaboración. El pacto entre Hollywood y el nazismo; por ahora no disponible en castellano).


La palabra "colaboración", inscrita en el título original ["La colaboración: el pacto de Hollywood con Hitler"], desapareció en la edición brasileña y dio paso al elocuente subtítulo "cómo el cine americano colaboró con la Alemania de Hitler".


Lo que viene dentro del libro no contradice la afirmación. Sólo aclara que la censura alemana de las películas americanas comienza algunos años antes, más precisamente en 1930, con la reacción a lo que los alemanes veían como contenido antialemán en ciertas producciones, como "Sin novedad en el frente" y "Los ángeles del Infierno". Si hasta entonces prevalecía el sentimiento nacional, las milicias nazis ya actuaban de manera tradicional y todavía actual, promoviendo disturbios en las salas de cine que exhibían estas películas.


Con el ascenso del nazismo al poder, los métodos cambian, pero Hollywood no. Alemania es el país de donde provienen las mejores recetas para sus películas, aparte de los Estados Unidos. Y con la notable excepción de Carl Laemmle, dueño de Universal, y parte de Warner, Hollywood comienza un período de estrecha colaboración con el nuevo régimen.


Con raras excepciones, los magnates de Hollywood eran judíos y sabían perfectamente que el nazismo tenía a los judíos en la nómina del régimen (junto con los gitanos y, por supuesto, los comunistas).


Carl Laemmle, propietario de Universal y parte de Warner, fue uno de los primeros empresarios en colaborar con el ru00e9gimen nazi Museo George Eastman


Carl Laemmle, propietario de Universal y parte de Warner, fue uno de los primeros empresarios en colaborar con el régimen nazi / © Museo George Eastman



Fred Zinnemann, para no ir lejos, dejó Alemania tan pronto como los nazis llegaron al poder. Laemmle no sólo sacó a sus familiares del país inmediatamente, sino que también financió la huida de cientos de judíos a los Estados Unidos. Es el único gesto de altivez de Hollywood en medio de una película deplorable.


A los nazis, empezando por Hitler, les gustaba el cine americano. Realmente querían imitarlo.


Necesitaban esas películas para entretener a su público. Sin embargo, es en este momento cuando cobra importancia la figura de Georg Gysling, cónsul alemán en Los Ángeles y encargado de vetar los guiones, actores, personajes y directores judíos, además de negociar los recortes con los productores y con la propia censura estadounidense.


Los intentos de hacer películas antinazis fueron abortados hasta que empezó la guerra. Y Urwand señala que, durante este período, no hay ninguna sombra de carácter judío en el cine americano. Cuando Chaplin estaba dispuesto a hacer "El Gran Dictador", su cónsul enviaba constantes informes al gobierno alemán. E incluso Chaplin pensó en poner su demoníaca sátira del hitlerismo en el cajón.





En 1939, sólo Warner lanzó sus "Confesiones de un espía nazi", a pesar de la oposición de otros estudios (pero con la aprobación personal del presidente Roosevelt - ah, la vieja letanía de que el cine americano es independiente de la acción del Estado...). Mientras tanto, Fox, Metro, Paramount continuaron colaborando con la Alemania nazi, de donde United, Warner y Universal fueron prohibidas.


Para no ir muy lejos, cuando Lubitsch estrenó "Ser o no ser" (To Be or Not to Be), una comedia vigorosamente antinazi, distribuida por United Artists, se enfrentó a una crítica feroz en los propios EE.UU. (otra leyenda: que los estudios no influyen en la crítica en los EE.UU.). Con el tiempo, la película se convirtió en un clásico.





Voz prácticamente aislada en este contexto, el escritor y periodista Ben Hecht luchó como pudo desde 1939 para que se dieran a conocer las atrocidades nazis contra los judíos.


Por las noticias de la prensa de la época, ya sabía de la muerte de 2 millones de judíos en 1942. El Holocausto en plena marcha siguió pasando en blanco a los embajadores (como Joseph Kennedy), al Departamento de Estado e incluso a los más grandes de los grandes estudios cinematográficos estadounidenses, como el poderoso MGM de Louis B. Mayer, cuyo célebre león gruñó bajo ante las atrocidades hitlerianas.


Ben Urwand ha producido un libro abundantemente documentado no sólo sobre el funcionamiento de los estudios cinematográficos sino, sobre todo, sobre cómo la avaricia afecta al juicio de los hombres que en otras circunstancias se consideran notables, pero también capaces de desinteresarse, por dinero, de la suerte de millones de seres humanos.

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